No voy a describir una partitura, me he dejado llevar y voy a hablar del tiempo.
El verano se va y en buena hora. Amar el verano parece una obligación. Sí, es verdad que es tiempo de mucha y continuada luz, se ahorran minutos al vestirse rápidamente, porque hay poco que ponerse encima y la temperatura obliga a darse buenos baños. Pero en verano lo mejor del sol es que consigue unas sombras deliciosas. No me gusta el sol. No, borra eso que no es verdad; me gusta mucho el sol, mucho, cuando lo necesito. Él tiene unas obligaciones y debe cumplirlas: iluminar, quitar el frío, alegrar el paisaje y fijar la vitamina D, pero no deslumbrar mis ojos, quemar mi piel con peligro de cáncer, ni sofocarme amenazando con una congestión cerebral, que puede llevarme a la fría tumba. Todo perjudicial para la salud sobre todo lo de la tumba
El sol es precioso en invierno; nada más bonito que un día muy, muy frío bajo un cielo azul zafiro, sentada a pleno sol dejarse acariciar por sus luminosos y benévolos rayos.
Bienvenido seas dorado, tímido y desigual otoño.
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