Cuentos









                   EL  SECRETO  DE  ANDRÉS

Me propuse escribir esta  historia hace muchos años, en mi juventud, cuando la viví y me causó  una enorme impresión. Por unas u otras causas he ido dejándolo y en este momento de mi vida, en que  tengo más tiempo, me he decidido a hacerlo.
Lo mío son las matemáticas y  es muy probable que la narración no sea tan pulida y armoniosa como  el lector quisiera.  Sólo deseo  dejar constancia escrita de este suceso, que me parece insólito e interesante.
           Acababa de ganar la oposición a catedrático de Matemáticas   y un día de otoño llegué destinado a aquel  pueblo castellano. Al bajar del autobús, después de unas horas de incómodo viaje, me sentí solo y desconcertado. El atardecer filtraba una luz amoratada, y el paisaje pardo, árido, no levantaba  el ánimo de un recién llegado.
          La primera persona con quien pude hablar fue un hombre moreno, alto, delgado, que se llamaba Andrés y tampoco era del pueblo. Había venido de Soria con su carrera de Derecho sin terminar y se colocó como oficial de la notaría. El señor notario, don Evaristo, dejaba en sus manos todos los asuntos  convencido de la  competencia de Andrés y, porque, después de  entregar siete años de su juventud al estudio de las oposiciones,  no estaba dispuesto a  trabajar mucho más.
         Todo esto lo supe más tarde, aquel día sólo le pregunté a Andrés por la dirección de mi pensión y, muy amablemente, me acompañó hasta la puerta y me previno, bromeando,  sobre las habladurías del pueblo, que se ensañaba,  preferentemente, con los hombres solteros.    
        Hablamos muy poco, pero desde el primer momento me pareció una persona seria y  agradable.  Pasados unos meses comprobé lo cierto de sus advertencias. Era este un lugar donde cualquier varón que, cercano a los treinta años no tuviera pareja  ni se hubiera interesado por ninguna joven del pueblo, o de otro vecino, provocaba  comentarios de todo tipo,  la mayoría cargados de mala intención.
         Andrés mantenía con la gente del vecindario una  relación educada, pero distante,  se limitaba a las consabidas frases de cortesía, el interés por la salud de las personas y sus familiares y  el tiempo. En esta zona la conversación sobre el tiempo daba mucho de sí,  ya que el clima es extremoso: muy frío  en invierno, insoportablemente caluroso en el corto verano y siempre aderezado con un viento impertinente.
         Según me contó el mismo Andrés, en los primeros años de estancia en el pueblo, tres o cuatro jovencitas  hicieron lo imposible por llamar su atención con  sonrisas, miraditas, zalemas,  contoneos y encontronazos. No consiguieron del joven otra cosa que no fuera "buenas tardes, buenas noches, ¿cómo anda tu mamá del lumbago? o ¡qué fastidio de viento!" Siempre que  le pregunté por su opinión sobre algunas chicas,  me contestó lacónico: "Habla demasiado."
         Cuando yo le conocí, Andrés,  cercano ya a los treinta y cinco años, vivía solo en una casita con un pequeño jardín, en las afueras. Al salir de la notaría atravesaba el pueblo con paso lento,  una de sus manos siempre en el bolsillo,  la expresión tranquila y un comienzo de sonrisa en la comisura de sus labios. Daba la impresión de ser un hombre equilibrado y feliz.
         Entre la gente  tenía fama de educado y trabajador, pero solitario, reservado,  y sobre su vida, un  tanto misteriosa, se tejían todo  tipo de suposiciones.  No se   perdonaba que con su gran atractivo y un  buen sueldo, se negara a fundar una familia con una hija del pueblo.
         A pesar de su carácter hermético, durante dos años mantuvimos una magnífica amistad,  y muchas veces  me invitó a su casa.  Era una vivienda de dos plantas, pero nunca llegué a subir a los dormitorios. En el porche había instalado una pajarera inmensa, con una veintena de canarios campeones en los certámenes más prestigiosos, a cuya cría y cuidados dedicaba  muchas horas.
         En el interior de la vivienda todo era sencillo, austero, sólo un precioso reloj de carillón, auténtica pieza de anticuario, destacaba en la  pared blanquísima; daba las horas  con  una  melodía popular alemana, del siglo XVI, en forma de canon. La complicada sonería requería frecuentes revisiones de un técnico y en su conservación se gastaba  Andrés un buen dinero.
         En aquellos años, sin  los medios de reproducción actuales, me fascinaba  la impresionante instalación estereofónica, con enormes altavoces en todas las habitaciones, incluidas cocina y baño, y su gran colección de discos con las mejores grabaciones de todo tipo de música, poesía y teatro. Para mí, recluido en un destartalado cuarto de pensión, con un  transistor y algunos libros de matemáticas, resultaba  un placer  escuchar y comentar juntos las  estupendas interpretaciones.
Un día corrió por todo el pueblo una  noticia: Andrés había encargado a un prestigioso joyero de Soria, primo de la mujer del farmacéutico, un pendiente de brillantes, ¡sólo uno!  Su exagerado valor dejó enfermas de envidia a unas cuantas mujeres. 
  Por supuesto Andrés no llevaba nunca pendiente, hoy  es frecuente que los varones se lo pongan, pero no  en aquellos años.  No le di demasiada importancia; a lo mejor su madre había perdido uno y éste era para hacer juego, pero los murmuradores  tenían ganas de enredar las cosas y, alrededor  de esta noticia, crecieron nuevos comentarios maliciosos.
 Meses más tarde tenía que devolverle a Andrés unas  dioscos y me acerqué a su casa sin haberle avisado previamente.
         Estaba anocheciendo, llamé un par de veces pero no abrió. En la ventana del salón había luz y me acerqué a mirar por una pequeña rendija que dejaban las cortinas.
 Andrés estaba sentado  casi de espaldas al ventanal, en su mano izquierda, apoyada en el brazo del sillón, tenía una oreja. ¡Sí, una oreja!  Inclinado sobre ella la acariciaba una y otra vez suavemente y murmuraba palabras que, mezcladas con la música del segundo concierto  de Rachmaninof, no pude entender, pero las imaginé dulcísimas.
 No sé describir mi impresión. ¡Una oreja! Su tamaño resultaba enorme para estar en la cabeza de un ser humano, pero no tan grande que no cupiera en un bolsillo. Era preciosa, muy bien formada, con una piel de nácar, sonrosada, fina y cuando se movía sinuosa, centelleaban en su lóbulo las luces de un soberbio pendiente de brillantes.





 
 EL ARCO DE BOJ

             
            Gabriela no era fea ni antipática ni tonta, pero desde su adolescencia, cualquier relación amorosa con un varón  se   disolvía  sin  rotura, sin violencia, blandamente.
A sus treinta y nueve años,  atada a  un trabajo rutinario entre mujeres  competitivas se adormecían sus ilusiones sentimentales y no esperaba un cambio.
De vez en cuando salía con Ana, su mejor amiga de juventud. Se había casado  con un famoso arquitecto, y tenía  dos hijos pequeños,  había ascendido mucho de nivel de vida y  estaba atada a nuevos  compromisos sociales.  Aunque hablaban con frecuencia, la relación no tenía ya  la viveza de aquellos años,  y a veces estaban meses sin verse. Esta vez  Ana la llamó, insistió mucho para que fuera a pasar con ellos el fin de semana, a conocer su nueva vivienda.
Fernando,  su marido, tuvo el capricho de comprar un  palacete de 1878 medio derruido y puso un empeño enorme en su    restauración,  para que conservara la estructura y la belleza inicial, con los adelantos y las comodidades que exige la vida de hoy.
 La vivienda causó en Gabriela una magnífica impresión. Nada era excesivo.
A pesar de su  aparente sencillez se notaba el acertado diseño y la cuidadosa elección de cada detalle, que huían de la ostentación y el lujo. Los techos con vigas, los arcos de las puertas, las maderas oscuras destacando en las paredes claras y los adornos sobrios y únicos, creaban un ambiente armónico.
-¿Te gusta?- preguntó Fernando deseoso de recibir halagos
- Me encanta. Todo es agradable a la vista.
-Pues lo mejor es su historia. Se cuenta que su dueño, ese caballero del cuadro, se enamoró de una mujer prometida a otro hombre y, ante lo imposible de la relación, se recluyó en este palacete. Ella, que por cierto se llamaba Gabriela como tú, murió pronto.   En las noches de luna llena él vagaba por los jardines recitando poemas de amor a su amada. Juraba que ella vendría a buscarle, y  permaneció misántropo y  soltero  hasta su muerte, aún joven.
 -¡Huy, qué romántico! - Y miró con agrado el retrato.
           El jardín aunque no era muy grande tenía un  encanto recoleto.   Altos setos de boj recortados en arco, acotaban distintas estancias. Parterres, al borde  de una  lámina de agua. Y sobre todo, un precioso rincón casi oculto por dos sauces, que parecía diseñado para las íntimas citas amorosas.
 - El jardín es precioso- alabó Gabriela
            -¡Ya puede serlo!, tenemos un jardinero  maniático de su trabajo, que lo retoca y cambia  cada poco tiempo
En la sobremesa,  y a solas,  Ana  abordó con franqueza el tema de la situación sentimental de su amiga.
  -No haces nada por cambiar tu vida. ¿Por qué te resignas? He querido que vinieras para proponerte un encuentro con un amigo nuestro…
  - Mira, Ana, no me líes,  no tengo ganas de nuevas relaciones.
  - Es  viudo, bastante atractivo, de cuarenta y tantos años, sin hijos y tiene una buena situación económica.
-No estoy segura de que me interese. Además ¿le gustaré yo?
-¿Qué dices? ¡Con esos ojos! Tienes que cuidarte, ir a un gimnasio, arreglarte... Estás en una edad estupenda. Voy a prepararte una cita con él.
-¡Qué pereza!
      -No te resistas, boba. Déjalo en mis manos.
Le destinaron una habitación con una puerta de cristalera que daba al jardín. La
cama muy amplia, con unas altas columnas de madera como cabecero, estaba cubierta por una colcha antigua de  lino con largos flecos y en un rincón   una preciosa mecedora decimonónica;  los  únicos adornos  eran  dos  velas en candeleros de estaño  y un boceto a lápiz en la pared.
Se puso su precioso camisón de gasa  y encaje, que llegaba hasta el suelo y se tumbó perezosamente en la cama.
Sobre la pared, lacada en un suave gris, se proyectaba a la luz de la luna llena, la sombra de un  arco de boj. Se levantó, una suave brisa fresca entraba por la entreabierta vidriera, distraídamente, mientras miraba el  jardín, apoyó una mano  en la pared y tuvo la sensación de que cedía; el arco de sombras se abrió y ella, sin sorpresa, lo cruzó fácilmente.
      Al otro lado se halló en una estancia de paredes tapizadas en seda con flores de lis, cubiertas de retratos; pesadas cortinas de terciopelo granate  ocultaban  el ventanal,  un complicado candelabro barroco destacaba sobre la chimenea francesa de mármol, y en un velador, un  ramo de rosas rojas  esparcía por la sala un perfume intenso.
      De espaldas a ella, sentado en un sillón, un hombre moreno, vestido con un batín de seda, se levantó en ese momento  y fue hacia ella.
- ¡Oh, Gabriela! te he esperado un siglo.- Le besó la mano mientras le  señalaba el canapé para que tomara asiento.
Reconoció al caballero del retrato. No era muy alto, pero sí esbelto; tenía algunas canas en las sienes, que suavizaban su expresión, y los ojos color miel bajo las  cejas pobladas. No le extrañó su frase, le pareció  conocerlo de siempre y contestó, con dulzura
   -Hace una  noche preciosa
Reflejada en un espejo enorme, de recargado  marco dorado,  se encontró lánguida y bella.
Se sentó a su lado. El tenía una adorable sonrisa, que dejaba ver sus dientes perfectos. ¡Dios mío!, pensó ella, es la imagen del amor.
Por unos momentos se miraron intensamente sin hablar.  El cogió una rosa del jarrón y se la ofreció.
Gabriela, turbada, empezó a hablar alocadamente de cosas triviales.  Pero él  le tapó
los labios con la punta de sus dedos
        -Mi amor, - dijo.  Le  tomó una mano,  la puso junto a su mejilla, sintiendo su
calor,  después la besó en la palma.
    De pronto ella se le abrazó  como el náufrago al madero. Se besaron una y otra vez. En sus brazos se sintió pequeña, protegida, mientras él, apartando delicadamente el  tirante de encaje,  acariciaba con  suavidad su hombro, y la arrullaba con dulces palabras de amor.      
                                            
A la mañana siguiente despertó, febril y cansada. La habitación estaba inundada de  luz,   que entraba  por el ventanal. Miró la pared, y la acarició con suavidad,   mientras recordaba, cada instante   vivido. Por un momento dudó de si había sido un sueño,  pero hundió la cara entre sus manos, que aún conservaban el olor de las rosas.
         Después de unos momentos de melancólica laxitud tendida sobre la cama, comenzó a arreglarse  para desayunar con su amiga, y mientras se aseaba y peinaba cuidadosamente, se sintió tan joven y atractiva, que  tomó una decisión:
    -Volveré esta noche y me quedaré con él para siempre, para siempre.
En la comida quiso saber qué  habitación había al otro lado del tabique de su cuarto.
         -Ninguna- contestó Fernando- hemos conservado un ancho espacio  como cámara;
ese cuarto da al norte y con la sierra tan cercana es la parte más   fría de la vivienda.
 Pasó el día animada y feliz. Por la noche, con el pretexto de un dolor de cabeza, se retiró pronto deseando volver a su habitación. Muy excitada abrió la puerta y entró. Miró la pared donde a la luz de la luna llena, se proyectaba la sombra de dos pequeños pilares. Entre ellos se apoyó Gabriela llorando con desesperación,  empujó  y golpeó inútilmente  el tabique   liso, firme.
   Aquella misma mañana, el perfeccionista jardinero  decidido a dar una nueva decoración a los setos, había podado el arco de boj.








                                               AQUELLA MUJER



Llevaba un buen rato en aquel oscuro antro, con el vaso de su ginebra preferida como única compañía. Mientras miraba distraídamente los movimientos provocativos de unas  bailarinas no muy hábiles, daba vueltas en su cabeza desordenada por el alcohol, a sus muchos problemas familiares, laborales, económicos, sentimentales.
De pronto, en una mesa algo alejada, vio a una morena de enormes ojos negros, pálida y elegante, que le miraba fijamente. Dos o tres veces más su mirada se cruzó con la de ella y le pareció que le sonreía suavemente. Entre sus borrosas ideas se abrió paso la certeza de que había gustado a aquella interesante mujer. Puso en sus labios la más seductora de las sonrisas, ella siguió con la mirada fija en él, e hizo un leve movimiento con su mano larga y blanca, él interpretó este gesto como una invitación. Muy halagado se levantó, torpemente cruzó el local con el vaso en la mano y fue a sentarse junto a ella.
Los ojos negrísimos velados por espesas y largas pestañas, se volvieron hacia él para seguir mirándole con una extraña dulzura. Él, azarado, bajó la mirada y con la lengua estropajosa por la ginebra, comenzó una frase vulgar sobre su exótica belleza. Ella le sonrió exhibiendo la blancura de sus dientes perfectos. No habló. Quizá es extranjera, pensó él. Las dos manos se escondieron bajo el amplio chal de gasa malva que cubría su cabeza, parte de los hombros desnudos, y se sujetaba en el pecho con un agujón de plata. Nervioso, excitado, se lanzó a la conquista y con barata poesía alabó su pelo como la endrina, su cuello de garza, sus labios de coral... Pareció que ella iba a contestar, pero se acercó el camarero
_ ¿El señor prefiere esta mesa?, verá peor el espectáculo.
_ Otra ginebra,  por favor.
El público reía estrepitosamente las obscenidades de un humorista gritón. Un hombre gordo y acaso borracho, a juzgar por su paso vacilante, tropezó con la mesa y empujó a la mujer. Ella no se inmutó, ni ofreció resistencia. El pensó “como si fuera incorpórea” y un impreciso temor le invadió de pronto. Se levantó, dejó el dinero sobre la mesa y se dirigió inseguro hacia la salida; junto a la puerta  volvió la cabeza, la mujer venía tras él.
Era muy alta, delgadísima, avanzaba con callados pasos de gata y su chal malva se movía entorno a ella, como impulsado por una leve brisa. Él dijo casi por compromiso
_ Vamos ¿quieres? Ella asintió con un movimiento de cabeza y le siguió.
_ Buenas noches, señor. - Saludó el portero.
Ya en la calle oscura, al volver la esquina, él se paró y la miró, le sonreía enigmática, tan atractiva y distinta. Hacía frío, y sintió la necesidad de comprobar que ella tenía un cuerpo cálido. La abrazó con toda la  fuerza de su deseo, y se desplomó.
 El informe del médico forense señalaba el infarto como causa de la muerte y precisaba que
 "  el miocardio presentaba una extraña incisión,  como si hubiera sido atravesado  por un agujón."




                   EL AMIGO DE GONZÁLEZ                                                   

         Roberto González era  un joven bajito, incurable tímido y tartamudo en los momentos  difíciles.
         Todo el mundo, al llegar a cierta edad, presume de las cualidades del pasado "yo era", para compensar el evidente "ya no soy." Pero González decía a cualquiera que estuviera dispuesto a escucharle, que él nunca había sido un  alumno brillante ni hábil deportista ni gracioso conversador ni preferido por los amigos ni atractivo para las chicas.
         A los diecinueve años, terminados sus estudios, sin atreverse a probar la Universidad y sin ambiciones económicas, entró por recomendación de su tío Gustavo, como administrativo en  una gestoría.
El jefe era comprensivo, los compañeros tolerables, el sueldo  mínimo y el ambiente cutre. Allí aprendió los detalles de la profesión y las triquiñuelas para eludir el exceso de trabajo. Varios años después dispuesto a irse de casa  y  sufragar sus propios gastos decidió dejar aquel trabajo en la primera oportunidad que se le presentara.
         Alguién le habló de “la Previsión” una pequeña empresa de seguros,  donde necesitaban un contable y se presentó  una buena tarde  para solicitar el empleo. El jefe don Obdulio Sánchez estaba recuperándose tras una angina de pecho y le recibió Gabriel, el agente. Después de las elementales preguntas sobre su trabajo anterior, del cual González llevaba  muy buenos informes, y de  lo que sería su cometido, Gabriel  le insinuó veladamente,  que quizá no le conviniera   trabajar en la empresa.  Sin embargo Roberto aceptó apresuradamente las condiciones y quedó en presentarse el lunes siguiente.
          González llegó nervioso y  desorientado a la oficina de seguros “La Previsión” y lo primero que hizo fue llamar con los nudillos en la puerta  del despacho del jefe. Una voz destemplada  gritó más que dijo
         -¡Pase!
          Sentado tras la mesa  estaba un hombre grandote, calvo, con la cara redonda,  colorada y  una nariz aplastada que caía sobre la boca .
         González tropezó con una silla y saludó torpemente
         -Bue, bue, buenos días. So, so, soy Ro, ro, berto González  -y extendió una mano que nadie estrechó.    
         Unos ojos pequeños que apenas se veían bajo los   párpados hinchados, le escudriñaron. De la  boca enorme salieron estas palabras
         -Bajito y tartamudo ¿eh?  Espero que por lo menos sea un buen trabajador. Yo no pago a vagos ¿ entendido?
         González dijo que sí con la cabeza y escuchó las normas y los detalles sobre su trabajo sin atreverse a preguntar, después, muy azorado,  salió del despacho.
         En la oficina  sólo había tres empleados: Luz, la secretaria,  una chica gordita, dulzona, que hacía ímprobos esfuerzos para dominar la informática  Un anuncio, pensaba Roberto, de algo muy apetecible. Tenía las cejas levantadas en una eterna pregunta y debajo dos ojos grandes,  limpios. Hacía un favor siempre que podía y sólo hablaba mal del jefe. A Roberto le gustó desde el primer día, lo trataba con respeto, y cuando en los momentos difíciles él se atrancaba y repetía una y otra vez la primera sílaba, ella esperaba  a que terminara la palabra, con naturalidad, y disolvía su tartamudez.
Carlitos era "el chico para todo" llevaba los mensajes, hacía los paquetes, ponía las bombillas, traía los bocadillos del bar de enfrente, buscaba los expedientes en las carpetas, recibía a los clientes. Él decía que estudiaba administración en horario nocturno, pero  llevaba tres años en ello, sin que se vieran los resultados. Hacía bromas de bufón, imitaba a la gente, sobre todo la voz desafinada y las órdenes desabridas de don Obdulio Sánchez. 
Gabriel el agente era un hombre muy nervioso, andaba de aquí para allá intentando reclutar  ciudadanos  crédulos, que contrataran una póliza. Estaba siempre lleno de mala conciencia, obligado a obedecer órdenes del señor Sánchez, que  no le gustaban nada, pero cedía porque   cinco hijos  que comían mucho, estudiaban poco y destrozaban las zapatillas  deportivas, le esperaban en casa. Todos los años se proponía buscar un trabajo mejor, pero  ya en los cincuenta, le resultaba difícil encontrarlo. Era un magnífico compañero que sacó a Gonzalez de algún apuro y sólo hablaba mal del jefe lo mismo que Carlitos, la secretaria, el  mensajero, la mayoría de los clientes y el portero del edificio.
         Una   mañana recién llegado a la oficina, Roberto desabrochaba parsimoniosamente su anorak cuando se abrió bruscamente la puerta del despacho y el señor Sánchez asomó la cabeza  
         -¡Gonzalez! ¿Quiere decirme que mierda  es esta que ha dejado sobre mi mesa?- gritó rojo de ira y lanzó casi a la cara de González un sobre que vomitó por el suelo veintidos folios
         - Es el in, el infor, el infor...
         - ¡Pero acabe de una vez, hombre!
         - El informe económico del mes de f  fe febrero - balbució Roberto, mientras recogía las hojas
          -¡Ah,! ¿sí? pues aquí no está reflejado el siniestro de la calle Cubillos, ni las dos nuevas pólizas.
         - Es que el siniestro fu fu fue el veintio cho y las po pó li zas, es estaban sin sin...
          -Ande, ande,  que si no, terminamos en Navidad - y dió  tal portazo que los dos cuadros de paisajes suizos que  Luz había colgado en la pared, se movieron a derecha e izquierda y quedaron ladeados cómicamente.    Carlitos puso su nota payasa y distendió el ambiente:
         -González - dijo imitando la voz disonante del jefe- su obligación es predecir los siniestros, adivinar las pólizas que van a suscribir los cuatro pardillos de turno. Ja, ja, ja, Roberto, cómprate una bola  de cristal o no tienes futuro en esta empresa.
         Otro día,  Luz  llegó llorando porque su abuela  estaba hospitalizada grave. El señor Sánchez  pasó por delante de su mesa y le espetó a modo de consuelo
         -Bueno, todos  tenemos que morir algún día, su abuelita no se malogra con ochenta y siete años, hija.
         A Roberto le dolió mucho ese comentario porque  sabía que Luz había sido criada por su abuela y le dolió mucho porque Roberto González se estaba enamorando de Luz. Se quedaba en el trabajo horas extras,  la miraba sin que ella lo notase, la acompañaba a su casa  y escuchaba sus comentarios ingenuos de todo lo que veían, mientras él callaba por temor a tropezarse con su tartamudez. Él le prestaba novelas de amor, que decía tener en su casa y que en realidad compraba para ella, porque a Luz le encantaban las novelas "de mucho amor".
         Por ella aguantó las órdenes, los desprecios, las intemperancias y la prepotencia del señor  Sánchez. Porque era indudable que la timidez y la debilidad de Roberto provocaban en su jefe el deseo de humillarlo y ridiculizarlo.
         - No te preocupes, él sabe que trabajas bien, te dice esas cosas por que  es un grosero - le consolaba ella.
         Meses más tarde, después de una visita a la exposición canina, Roberto decidió comprarse un perro, estaba harto de la soledad; pero había otra razón oculta en su interior, que nunca  se hubiera atrevido a confesar: quería ser importante para alguien. Los perros no piden ningún tipo de informes de sus amos, no les someten a test de personalidad, no critican su aspecto físico ni juzgan su vida.
         Recorrió varias tiendas,  se puso en contacto con los mejores criadores y después de  ver ejemplares de distintas razas, llegó a la conclusión de que necesitaba un dogo. Se decidió por un cachorro de dos meses que ya era enorme, desgarbado y con unas patas anchas y torpes. Su piel,  suave ante gris,   le sobraba por todos lados.
         Durante el primer mes soportó pacientemente las travesuras del cachorro que roió sus zapatos, se comió un kilo de solomillo, destrozó  varios pares de calcetines, arañó los muebles... pero cuando un día al volver a casa comprobó que se había comido un taburete, llamó al criador para quejarse
          - Claro, el animalito pasa muchas horas solo... Llévelo a un adiestrador, si coge malas costumbres este perro adulto puede hacerle a usted la vida imposible.
          Durante un tiempo Atila - así había llamado Luz al cachorro- asistió todas las mañanas a un centro caro, una especie de guardería, donde le enseñaron a obedecer a su amo, a  dominar sus instintos. Algunas de las clases tuvieron que contar con la presencia del dueño. En una de ellas  enseñaron al dogo a atacar.  Roberto  dejó claro que no quería a Atila como guardián ni defensor de nada y que no le interesaba despertar la agresividad del animal. Pero el adiestrador  le dijo que así era la educación completa, e insistió en la conveniencia  de enseñarle defensa porque  "nunca sabe usted en que situación puede verse".
Una serie de palabras cortas formaban el código, que Atila debía conocer para obedecer a su amo en cada momento: el animal iba o venía,  quedaba quieto, se tumbaba a sus pies, echaba a correr,  se sentaba,  saltaba un parapeto o atacaba  a un supuesto enemigo.
         Terminado el  adiestramiento Atila se convirtió en el más dócil y pacífico de los perros. Creció armonioso y bello y dio muchas satisfacciones a Roberto que le consideró su mejor amigo. El pequeño hombre y el gran perro formaban una  pareja singular.
          Un sábado por la mañana  cuando ambos paseaban por el bulevar cercano a su casa, apareció a pocos pasos el señor Sánchez; con su tono despectivo y su voz destemplada le gritó
         - Pero hombre González ¿donde va usted  con ese perrazo que parece un caballo?
  Roberto  nunca supo  porqué pronunció aquella palabra, pero la respuesta de Atila fue inmediata, el dueño de seguros "La Previsión" quedó tendido sin vida sobre el  pavimento.
González tuvo que pagar una indemnización por responsabilidad civil, pero salió libre en el juicio porque el forense diagnosticó infarto, provocado sin duda por el miedo al gran danés, pero no encontró  un solo rasguño en el cuerpo del señor Sánchez.
           Roberto  desvelado por la culpabilidad de haber dejado en el paro a Luz, Gabi y Carlitos, que eran ya para él una familia, repasa una y otra vez aquellos fatídicos momentos en que ordenó  al  perro que se tirase a la yugular del  jefe, su tartamudez cambió la orden y el dogo saltó muy por encima de la cabeza de Obdulio Sánchez, como si fuera un obstáculo que había que salvar.
(Pero sobre todo  lo que torturaba a González era la atolondrada actuación del policía novato que, en el momento de confusión, acabó de un tiro con la vida de su buen amigo Atila.)







EL NUDO

Adolfo había ascendido a un puesto muy alto, en una importante empresa   multinacional y su vida se vio con ello mejorada en algunos aspectos: una buena vivienda en una lujosa urbanización; un reloj carísimo en su muñeca; el master en dirección de empresas, para su hijo mayor, en EE.UU; en fin, cualquier conocido, sin mucha intimidad, pudo apreciar que la familia había ascendido de nivel económico.
A su mujer  se le subió un poco a la cabeza el nuevo cargo, derrochó en vestidos y  peluquería, y sobre todo empezó a someter a Adolfo a una persecución en su indumentaria. Comenzó por renovar totalmente su vestuario.
-Esos zapatos, cámbiate de camisa, no olvides los gemelos.
El, lo reconocía, era un poco descuidado en el vestir. Pero había una cosa que a su mujer le sacaba especialmente de quicio: Adolfo nunca ¡jamás! se apretaba el nudo de la corbata,  lo dejaba flojo bajo el cuello de la camisa. Al principio del noviazgo le  preguntó por qué no  ceñía el nudo.
-No puedo,  me ahogo
-Que tontería, ¡si está abrochada la camisa!
En el trabajo anterior nadie le reprochó  su desaliño, por que iba generalmente con ropa informal, pero ahora  tenía que asistir a comidas, viajes, congresos, donde debía presentarse correctamente vestido. Repetidas veces ella se lo afeaba con acritud:
- Así  no hay corbata que luzca, por cara que sea,.- Otras veces al volver de una cena le ridiculizaba:
-Parecía que ya estabas bebido antes de empezar a comer
 Él callaba para no empezar una  discusión tonta, para no dar pie a que  le recordase la ascendencia campesina de su padre, la poca clase de su madre... Eran en todo un matrimonio bien avenido,  se negaba a romper la convivencia por algo tan nimio.
 Cuando ella  había intentado, alguna vez, arreglarle la corbata, Adolfo, se retiraba, bruscamente apartándola, y le decía
- No se te ocurra, no se te ocurra. Respeta mis costumbres.
- Querrás decir manías
- Pues sí manías, tú tienes las tuyas. 
- Yo creo que no son tan ridículas.
            Se iba a celebrar la boda de su única hija y naturalmente se decidió que el padrino de la ceremonia iría de chaquet.  Fueron a una tienda importante a elegir una corbata,  se compró una  de seda natural, gris plata muy elegante, su  mujer le advirtió  delante del dependiente
- Espero que ese día te aprietes bien el nudo y no des la nota.
Él no contestó.
Unas horas antes de la ceremonia la casa era un tráfago nervioso, un ir y venir  de gente desconocida: el tocado de la niña, el ramo de la niña, el maquillaje de la niña...
Buscó refugio en el dormitorio  y se vistió cuidadosamente dejando la corbata para el último momento. Al entrar  vio a su mujer ante el espejo poniéndose  un vestido precioso; ella solicitó su ayuda con la cremallera, la estampa no podía ser más tópica. Pensó que estaba verdaderamente atractiva y la atrajo fuertemente  hacia sí, cogiéndola por su, aún delgada cintura, y el beso fue tan largo y  apasionado que la dejó sorprendida.
 Todos salieron hacia la iglesia, su hija y él quedaron solos, los últimos.
Adolfo besó con inmensa ternura el carrillo de su niña, hoy especialmente bonita, recordando su mejilla gordezuela de no hacía tantos años. Le cogió las dos manos,  con un gesto muy parecido a aquél, que le obligaba a agacharse para enseñarla a andar, y una lágrima resbaló inoportuna.
Después  puso la elegante  corbata  alrededor de su  cuello, pasó el extremo ancho sobre el otro  y, cuidadosamente, comenzó a anudarla, por último la ciñó al cuello de la camisa. Su rostro se amorató, los ojos desbordaron las órbitas, la lengua cárdena avanzó sobre el labio inferior y, ante la espantada mirada de la joven novia,  se desplomó.





AQUÉL PAJARILLO
Fue una tarde calurosa de verano.
 Busqué en el jardín el lugar más umbroso y me instalé en la hierba,  un libro de poemas como amigo. Entonces lo oí por vez primera  como una llamada, un timbre, que exigiera mi atención. Me levanté, fui hasta el árbol de donde salía el canto, pero calló. Volví a mi sitio y a mi libro. Empezó  entonces  un juego  repetido de sonidos,  como si él afinara el instrumento  calentando sus cuerdas.  Me acerqué de nuevo al tronco, pausadamente,   para escuchar mejor, interrumpió sus escalas; intenté verlo, al menos, pero era quizá muy pequeño o era verde y el verde lo ocultaba.
Cansada de la silenciosa espera, volví a mi sombra y me hundí en los  poemas; entonces pude escuchar el mejor concierto de mi vida.
 Nunca había oído un violín tan ágil, una voz infantil tan pura, lo que oí fue una  lluvia de  cristal lanzado al aire.
 Varias veces en aquel verano bajé al jardín, sólo por escuchar sus trinos.  Yo absorta en la lectura,  él cantaba y cantaba incansable;  y, por increíble que parezca, su canto tuvo siempre relación con el poema que yo leía: triste, amoroso, triunfal, melancólico.
 ¡Imposible!, me dije, desde tan alto no puede un pajarillo leer lo escrito. No, él  intuía  el verso en mi emoción, sentía   mi sentir, cantaba para mí, estoy segura.
Julio, 2012


ASÍ DE RÁPIDO



-Por favor sea breve,  dijo desabridamente, y se arrellanó  en su sillón.  Marcelino, el guarda del cortijo,  manoseaba su gorra, muy nervioso. Comenzó:
-Don Rafael, vengo otra vez por lo de los horarios,  creo que  no respetan mis derech...
-Vamos, vamos, se lo he dicho muchas veces, eso trátelo con el capataz.
-Lo he intentado pero…
-Bueno, pues inténtelo de nuevo. ¿Ha terminado? - añadió impaciente.
Marcelino  llevaba colgada en el hombro izquierdo su escopeta. La cogió, apuntó y disparó a la cabeza de  don Rafael.
 Y  mientras atravesaba la puerta se dijo a sí mismo:
   -No he podido ser más breve.
2012



EL HOBBY
Muchas mañanas cuando al salir de la ducha  Elia se miraba al espejo con la toalla rosa a modo de turbante alrededor de la cabeza, se asombraba al comprobar que su cara era muy bonita. Y cantaba a gritos
- Soy una chica muy mona, mona, mona, la, la, la. Y tomaba el desayuno sin quitarse la toalla.
“Esto de mona me va bien”,  decía para sus adentros.  No resultaba atractiva por culpa de aquellos cuatro pelos tiesos, ralos, de color indefinido, que orlaban su cabeza y que ningún peluquero  había sido capaz de amoldar.
-¡Caramba! su cabello pone a prueba la profesionalidad de cualquiera – había exclamado en una ocasión Duvant, el mejor estilista de la ciudad, tras dos horas de trabajo.
- No me pague, no me pague. -Parecía decirlo para evitar que volviera a pisar su establecimiento. 
Otro día al salir de la peluquería de un prestigioso centro de belleza, que  albergaba en sus salones a los  personajes del repulsivo mundo rosa, una ráfaga inoportuna de viento destruyó un complicado peinado. Dos extensiones, sostenidas por medio frasco de laca,  echaron a volar y se arrastraron después por  la acera imposibles de alcanzar. Pensó  entrar a pedir responsabilidades, pero desistió porque no quería volver a oír  los desagradables comentarios sobre su pelo. Y siguió andando tranquilamente teniendo que sofocar su risa cada vez que se veía en algún escaparate.
- Con el dineral que he pagado y parezco “el corre caminos” en sus peores momentos.
 Elia tenía la ventaja de verlo todo con un inmenso sentido del humor, que le ayudaba mucho a juzgarse a sí misma cuando se miraba al espejo
-Parezco una gallina. ¡Cacaracá! Le soltó una vez a la sudorosa  peluquera que había intentado  inútilmente mejorar el estado de su cabello.
Sus amigas  le daban variopintos consejos:
-“Rizadito estaría mejor,”   “tíñetelo de caoba”,  “un gorro mono” o “¿y una peluquita?  Lo probó todo.
Después de gastar un  montón de dinero en  peluquerías decidió que era mejor dejarlo muy cortito y a su aire.
Olvidó su pelo y se dedicó a su trabajo con eficiencia. No era ambiciosa, ni trabajaba para acumular dinero, solo quería permanecer en su puesto y ganarse el sustento.  Pronto adquirió un hobby- colección al que  dedicaba sus horas libres,  formaba su vida, su verdadera vida. Jamás decía a nadie en qué entretenía su tiempo libre,  sabía muy bien que no la comprenderían.
    Varias veces se había enamorado, pero fue retrasando el momento de llegar a un mayor compromiso, por no declarar al  novio de turno cual era su dedicación principal y el dinero que invertía en ello. Aquel morenito de Cuenca, elemental y dócil, quizá lo hubiera entendido, pero murió de neumonía a los tres meses de noviazgo. No tuvo ocasión de comprobarlo nunca.
          Estaba segura de que ninguno de los varones de su entorno aceptaría vivir con una mujer que, aparte de sus indomables pelos, tuviera esa  oculta ocupación apasionada, que se llevaba su tiempo, su dinero, sus ilusiones, todo. Ella lo calificaba así: Dedicación, entretenimiento, colección, adicción,   vicio, manía, o  “necesidad psicológica de defensa y reparación de la autoestima dañada”
-¡Yo que sé! Me gusta.
         A veces había pensado abandonar esta actividad  clandestina,  que la llenaba de emoción, porque se daba cuenta de que le exigía demasiado tiempo y dificultaba en su vida las relaciones con los demás, pero nunca se decidía. Así era de fuerte la adicción.
Terminaba su trabajo eludía las invitaciones a una cerveza y tomaba apresuradamente el autobús, deseosa de encerrarse en su casa  a disfrutar de lo que era su verdadera pasión.
Muchas veces se negó a propuestas de   excursiones o renunció a la posibilidad de atractivos viajes; más de veinticuatro horas le parecía un tiempo demasiado largo para estar alejada de su ocupación y entretenimiento. Algunas veces en la cama renegaba de esta maldita manía que  la tenía atada. Es una peligrosa droga, se decía a sí misma, tengo que ir a un psicólogo a que me suelte el consabido rollo de la falta de aceptación de mí misma y mi escasa autoestima. Pero para disculparse se respondía: “¿Qué mal hago a nadie? esta afición no es mala ni agresiva para mí ni para los demás. Es verdad que me resulta un poco cara, pero todas lo son: el golf, el esquí, las colecciones de sellos, que todos dicen que es una inversión porque vale muchísimo dinero, pero como su adicción no les va a permitir venderla nunca,  pasará a sus herederos. Yo, además de no tener herederos, me sentiría muy molesta si a mi muerte mis sobrinos la malvendieran por cuatro perras”.
 Un día fue a una reunión de amigas, era invierno y se puso una boina de color marfil, un poco ladeada, que resaltaba sus pómulos, le quedaba muy bien y se sentía segura  y de buen humor. Entre los invitados conoció a   un hombre muy interesante, estaba calvo y en vez de disimularlo llevaba el pelo   afeitado, pero ello no mermaba su atractivo porque era alto y  guapo. Tenía en sus ojos ese peligroso guiño de dulzura que, suaviza la expresión y  enloquece a las mujeres. Se gustaron muchísimo. 
 Quedaron para salir, y salieron, y se rieron juntos porque los dos tenían ese sentido del humor que puede con todo. Él hacía bromas sobre el pelo de ella y a su vez ella se reía con mil gracias de la cabeza rapada de él. Se les pasaba el tiempo en volandas, estar juntos era un regalo, una diversión, un gozo.
 Después de  un par de meses nada valoraba más que la frase que él repetía en sus momentos de cariño:
-¡Qué divertida eres! es imposible una vida aburrida a tu lado.
 Un día una "buena" amiga le advirtió:

-         Alejandro es  algo raro. En sus  ligues ha tenido, mulatas, negras, chinas, y chicas extravagantes: una con el pelo azúl, una pelirroja toda melena, y hasta una llena de rastas.
 Elia se asustó un poco, pero le quería tanto que ya no tenía nada en su pensamiento ni en su proyecto que no fuera él.
Un día se dio cuenta de que llevaba un mes sin cuidar sus piezas.  Había dejado de interesarle su colección y la dedicación a su cuidado se le volvió ahora un pesado deber.  Elia decidió contárselo todo. Temía la reacción que pudiera causarle, pero tenía necesidad de desvelarle su bien guardado hobby. Una tarde le dijo
-Ven a mi casa, te voy a enseñar algo que no ha visto nadie y que ha acaparado mi vida varios años,  hasta que te he conocido.
 El enarcó las cejas extrañado.
 -¿Tu secreto?
 Subieron juntos al pequeño apartamento, y ella abrió la puerta del misterioso cuarto y le enseñó su colección de pelucas: Eran muchísimas. Una explosión de color y de formas verdaderamente abigarrada y bella.
 Sobre las inexpresivas cabezas blancas había piezas de pelo rubio, negro, castaño, platino,  blanco, pelirrojo, plateado,  o teñidas con mechas de distintos colores; algunas de larga melena otras   de pelo casi a lo chico; destacaban las que exhibían  moños complicados, adornados con sartas de perlas, que recordaban  las esculturas griegas y romanas; otras lucían peinados de distintas épocas de la historia con flequillo rizado como Josefina Beharnais, o rematadas por valiosas diademas de pedrería, como las que llevaban las damas de la realeza en las grandes celebraciones. Había alguna cabeza  rodeada por una trenza rubia al estilo de las mujeres nórdicas, o blancas pelucas que enmarcaban el rostro con románticos tirabuzones y postizos extravagantes, como era costumbre en la Europa del siglo XVIII. No faltaban los exóticos peinados de África o  civilizaciones de otros continentes, recogido el pelo en su totalidad por pequeñas trencitas o  moñitos atravesados por agujones de hueso o de madera.
 Elia había disfrutado probándose, cada una de las ochocientas piezas, de esta valiosa colección.
Él no dijo nada. Observó atentamente los ejemplares más llamativos, acarició con dulzura los largos rizos, se  entretuvo en enredar sus dedos entre  los mechones  suaves,  rodeó las cabezas para  apreciar mejor los  complicados moños,   se detuvo ante las    joyas que adornaban alguna  de ellas, y por último, mientras Elia temblaba temiendo  su reacción, exclamó con un gesto muy serio
-Es imperdonable, ¡ni una masculina,  con lo bien que me quedaría la peluca de Luís XIV. -Quiero que te las pongas todas.
  Y en su pícara sonrisa, Elia adivinó que proyectaba ilusionado, amar cada noche a una mujer distinta.

2014


 

                                 LA CARTERA DEL COLEGIO  


Se llamaba Luís. Era un  amigo íntimo de mi familia, y  estaba frecuentemente en nuestra casa. A mis hermanos y a mí nos entretenía con historias de amor, de guerra o de aventuras, vividas en los muchos países que había recorrido. Acaparábamos su tiempo,   escucharle  era para nosotros la mejor diversión. Toda narración se volvía en sus  labios  amena, interesante, a veces  graciosa,  otras, misteriosa o terrorífica.  Cuando terminaba el relato, interesados o  impresionados, le hacíamos interminables preguntas, que él  respondía pacientemente,  pero nunca quiso narrar una historia más de una vez. Sospechábamos por ello, que no todas eran verídicas, y las que lo eran, estaban cuidadosamente aliñadas, para conseguir en el auditorio el interés, la tensión y el efecto deseados.
Mi hermano Alberto que, además de poseer  una excelente memoria, hacía sus primeros ensayos como escritor, las fue transcribiendo en un cuaderno y  cuando Luís  no estaba,   nos consolábamos de su ausencia leyéndolas,  aunque, quedaban sin vida  desprovistas de  las inflexiones de su voz o el movimiento de sus manos, capaces de transmitir  amor, ardor, fiereza o miedo. 
Muchos  años más tarde las releí con fruición y me gustó especialmente  este pequeño relato, que  Luís había situado en su propia niñez.
“Yo tenía  diez años cuando, una noche, estando ya  en la cama muy cansado y   somnoliento, me quedé mirando  fijamente el destartalado armario ropero, situado en un rincón del dormitorio que   compartía con mi hermano. No sé que me impulsó a desear que el mueble se alejara y se hiciera más pequeño,  para mi sorpresa el armario obedeció,  y por voluntad mía, volvió  después a acercarse y tomó su tamaño real. Pensé  primero que  era algún problema de mi vista, refroté mis ojos, o quizá   se debiera  al cansancio, y  sin pensarlo más me acurruqué bajo las sábanas y  me dormí profundamente.

A la noche siguiente lo  recordé  con agrado y quise probar  si podría  conseguirlo otra
vez.  El mueble se alejó y cuando lo deseé   lo puse de nuevo en su sitio. No sé por qué la  experiencia me dejó  muy asustado; imaginé una grave enfermedad  cerebral ¿y si   estaba volviéndome loco?  El miedo me desveló por unas horas  y decidí  no volver a repetir el experimento ni contárselo a nadie.
 Una noche, varios días después,  caí en la tentación de intentarlo de nuevo: El silloncito de balancín dio una vuelta por la habitación, convertido en un mueble de casa de muñecas;  el retrato del abuelo, con sus enormes bigotes, se alejó  empequeñecido hasta ser solo un punto y, después,  vuelto a su tamaño, lo colgué en su clavo.
Como no mostraba ningún síntoma de enfermedad, perdí el miedo, y cogí la costumbre de jugar todas las noches  con los objetos de la habitación, el espejo, el comodín, las mesillas, se desplazaban a un tiempo,  y a mi capricho, interpretaban una curiosa danza. 
 Inventaba nuevos movimientos, ponía a prueba mi habilidad;  incluso el frágil  jarrón  de cristal con las flores de tela, fue elevado lentamente hasta el techo junto a la lámpara, disminuido como   un pequeño broche  y,  recobrada su dimensión,   colocado suavemente en su lugar.
Una noche mi madre entró en el cuarto, como siempre, cuando ya estábamos acostados y me dijo:
-         Luisito, meto en tu cartera las notas firmadas y la carta de papá para el profesor.
 No olvides  dársela.
           Imaginaba asustado lo que podría decir aquella  carta, porque las notas eran, según mi padre, indignas de un hijo suyo.  Estaba cansado y muy triste después de un día horrible. Los profesores  habían estado poco comprensivos conmigo,  mis compañeros de fútbol  me culparon del 4-0, según ellos por mis descuidos en la defensa y los ojos azules de Mª José no me habían dirigido ni una mirada.
            A pesar de todo quise volver a mi juego nocturno, que se había convertido en un hábito;
reparé en mi enorme cartera de cuero, la levanté de la silla, la hice empequeñecer un poco,  bailó un  vals frenético alrededor de las paredes, le devolví su tamaño,  de nuevo  la fui dejando  pequeñita, pequeñita...y muy fatigado por el esfuerzo mental, me quedé dormido.
   A la mañana siguiente me despertó la voz de mi madre.
       -  ¡Niños! es muy tarde, lavaos deprisa y no os dejéis el zumo.
         Me  vestí  rápidamente, bebí el zumo,  medio vaso de leche demasiado caliente y volví al cuarto a recoger mi cartera. ¡Mi cartera no estaba! De pronto recordé horrorizado que  había olvidado volverla  a su tamaño.
-Mamá, la cartera no está- dije temblando.
        - ¿Cómo que no está?  Estaba sobre la silla ayer por la noche.
         El terror,  como un cuchillo de hielo, recorrió  desde la nuca todo mi cuerpo, mis manos  se agarrotaron, el estómago dio un vuelco y fui al baño a vomitar el desayuno. Mi madre, que no entendía nada, gritaba fuera de sí:
         -  Las notas, la carta de tu padre. Luís ¿qué has hecho con la cartera?
Toda la familia se movilizó para encontrarla, pero la búsqueda  de los otros fue superficial,  yo, metí un abrecartas en todas las rendijas de la tarima, escudriñé  los ocultos rincones de la habitación; miré en el fondo del jarrón, en los bolsillos de mi abrigo, entre los pliegues  de la ropa de cama, dentro de mis calcetines y de mis botas. Nada.  La cartera no apareció.
 Soporté estoicamente un durísimo castigo y aquel triste verano  fui declarado “el malo” de la familia. La anécdota se narró, sin ahorrar  los detalles, a los parientes,  amigos y conocidos para  ilustrar  la opinión de mis padres y hermanos sobre mi pésimo comportamiento.
Nada tan doloroso, como sentirse inocente de lo que te acusan con tanta severidad. Lloré y lloré a solas,  pero no conté a nadie mi secreto ni volví a repetir nunca más aquel  juego siniestro.    
 Me ha quedado un inmenso hueco,  arrastro la nostalgia de  mi cartera, con el trabajo   del mapa de Europa: montes pardos, valles verdes,  ríos  azules,  dibujado con tanto esmero, que sin duda,  hubiera logrado evitar el suspenso. Añoro mi envidiado estuche de lápices, de madera pintada; el sacapuntas con forma de cañón, los cromos de las banderas del mundo, los cuadernos de irrepetibles  tapas llenas de fotos y dibujos, y  el verso a los ojos de  María José,  que ya no soy capaz de reproducir.
No he querido nunca vender  aquella casa, me obsesiono preguntándome   en qué rincón dormirá  mi cartera.  Con una lupa potentísima he rebuscado una y otra vez inutilmente;  aunque, si la encontrase, no podría volverla a su tamaño, porque ya he perdido aquél extraño poder de mi niñez.”



EL ESCAPARATE


Un día de diciembre cercano a la Navidad, cuando los grandes almacenes estaban rebosando de público, Alberto se atrevió a dar una vuelta por  las calles del centro de Madrid, iluminadas y llenas de reclamos, para abrir el apetito comprador de los viandantes. 
Aunque no tenía proyectada ninguna compra, se paró frente a un escaparate,  que le llamó  la atención especialmente  por su extraña belleza. Era una tienda de  accesorios para la mujer. Los  bolsos de varias formas y colores habían sido colocados a distintas alturas, por todo el espacio; algunos, destinados a las grandes fiestas nocturnas, estaban bordados en pedrería  o lentejuelas y centelleaban pidiendo protagonismo. Junto a ellos descansaban los guantes plegados, formales, quietos, como a la espera de la hora de ponerse en movimiento. Pañuelos y echarpes floreados o con  dibujos de arabescos,  colgaban lánguidamente desplegados exhibiendo la gracia de  las sedas orientales. Pegados a la luna, caían como estalactitas, collares de cristal transparente, y largas cadenas de metal, ensartaban con caprichosas anillas  esmeraldas,  ópalos,   rubíes,  zafiros, que, aunque falsos, brillaban apetecibles bajo los focos, formando una frívola vidriera. Un broche de mariposa parecía a punto de levantar el vuelo tras haber libado, inútilmente, sobre una rosa roja de raso, destinada a lucir en  un atrevido escote.  Sartas de  perlas nacaradas reposaban enroscadas como  serpientes adormecidas, en el suelo del escaparate.  Aquí y allá pendientes de diseños complicados,  sofisticados anillos  y otros pequeños adornos,  relumbraban situados con  ingenio y arte  fascinando al espectador.   De pronto, reflejada en el cristal confundida con los colores y las luces, vio desdibujada la imagen de una mujer joven de  belleza inquietante. Su larga y negrísima melena enmarcaba el rostro de palidez enfermiza  y suaves facciones, su boca entreabierta en un gesto de dolor desesperado… Le pareció que estaba enredada con las cadenas  y las gasas y,   trataba,  angustiada,  desprenderse de ellas. Por unos momentos pensó que era un truco del  decorador y permaneció quieto mirándola arrobadamente; o quizá fuera un reflejo y  se volvió: solo él estaba frente al escaparate. Varias mujeres se alejaban en una u otra dirección,  pero, de espaldas, no pudo identificar a ninguna.
Recorrió la calle tratando de verla,   pero no lo logró.
Aquella noche  vino a su sueño una y otra vez aquel rostro,  que parecía pedirle  ayuda. Tenía como fondo el recargado escenario del escaparate, su pelo se enredaba con las cadenas, los chales caían sobre su cabeza,  rodeaban el cuello. La visión le producía una tremenda sensación de ahogo,  que le obligó a despertar bruscamente. Su recuerdo lo persiguió obsesivamente varios días.
    Unas semanas después sintió la necesidad de volver a la tienda y  vio con sorpresa que el establecimiento estaba cerrado y el escaparate cubierto por una persiana gris.  Preguntó en la tienda contigua, una zapatería y la amable dependiente le dijo que llevaba unas semanas cerrado.
-Era una librería de literatura esotérica y  de misterio,  tenían una empleada una mujer morena guapísima,   nunca llegué a hablar con ella, pero creo que no vendían nada, yo solo  veía entrar a un caballero alto que debía ser el dueño, tan  antipático y estirado, que ni  daba los buenos días.
Olvidado  ya  de esta visión tres meses más tarde fue a París en viaje de trabajo, y, para descansar de las plomizas reuniones,  decidió dar un paseo por el centro, para despejar su cabeza. La noche estaba templada y recorrió despacio las calles, al dar la vuelta a una esquina en la Rue de la Fleur, vio de pronto  un escaparate idéntico al de Madrid. Después de unos minutos de asombro  y desconcierto, la imagen de la mujer se reflejó en el interior confundida entre los numerosos objetos, su atormentado rostro era el mismo. De nuevo se volvió para comprobar si era un reflejo, pero la acera estaba vacía. Decidido a  aclarar este misterio se dirigió a un hombre moreno, pálido,  alto  y   delgado, impecablemente vestido de negro, que estaba en la puerta. En un correcto español le informó de que ya habían cerrado. Alberto aclaró que no deseaba comprar nada  y explicó la razón de su visita.
-Señor,  pertenecemos a una cadena comercial internacional, cuando nuestro decorador  escaparatista cree haber conseguido una obra de arte, la repite en algunas de nuestras franquicias.
Él no se mostró satisfecho con la explicación, añadió
-Es que yo vi en la tienda de Madrid una mujer reflejada en el cristal y hoy he vuelto a verla aquí.
-Hay mucha gente en la calle y...
-No,  no, era la misma, no he olvidado su rostro.
-Ya sabe como son las mujeres todas se visten igual, a la moda...
Le interrumpió enfadado Alberto
-Le digo que era la misma, su cara, su cabello...-
-Quizá  haya venido a pasar unos días en París, como usted mismo, no es tan extraño. París  siempre es apetecible.
Avergonzado y algo ridículo ante la sonrisa burlona, dijo unas torpes frases de despedida y al darse la vuelta  le oyó   reírse a sus espaldas; se volvió, y no vio a nadie.
Muy inquieto, obsesionado, Alberto, empezó a dudar de su estado mental.  Pero decidió indagar algo sobre este suceso y preguntó en  el hotel.  Un empleado le informó de que en el numero 13 de la Rue de la Fleur había una tienda de objetos esotéricos,  que  quedó destruida, hacía tres meses, en un pavoroso incendió.
-Fue horrible, señor.  Una vendedora joven y muy guapa no pudo  salvarse de las llamas. Todo el vecindario recuerda, aún impresionado, sus desgarradores gritos de dolor. No se pudo encontrar ni rastro de su cuerpo, el fuego lo destruyó totalmente.

ELDEBER

 

 

El DEBER

Pasaban los años y se daba cuenta de que  un día u otro tendría que cambiar de estado, formar una familia. Bueno, tampoco sabía muy bien por qué, pero ella aceptaba siempre el deber, era una esclava del deber. Esto de crear una familia  es un deber para  con  la naturaleza, dicen. Su estricta madre la educó así: el deber lo primero y por encima de todo. ¡Ah! pero ¿qué era el deber?  El deber era obedecer a mamá, estudiar, recoger el cuarto, saludar a las señoras en la escalera, cepillar los zapatos, ponerse la servilleta, pero sobre todo lavarse: las manos antes de comer,  los dientes después de comer,  los pies y las rodillas, antes de ir a la cama,  la cara y  las orejas al levantarse de la cama y esas partes que no se dicen, siempre que fuere necesario. Para mamá uno de los grandes deberes del ser humano era lavarse, lavarse muchísimo.

       -Y no te olvides de las uñas, hija, que están feísimas negras. Y péinate, por detrás también. ¡Dios mío esta hija, qué dirá la gente!

 Entonces en las viviendas  solo había un baño y  las familias se componían, un suponer, de los padres, siete hijos y una abuela. A la hora de ir al colegio las aglomeraciones en la puerta del excusado rompían muchas veces la paz familiar. En su caso no había aglomeraciones porque vivió siempre sola con su  madre. Era hija de soltera, su padre  murió antes de casarse con su madre. Ella era por tanto su  referencia, su familia, su costumbre, su todo.

Apenas hacía  un año  que su madre había muerto y  en este piso destartalado, excesivamente grande, la soledad era un peso insoportable. Estaba pensando seriamente trasladarse, pero una mudanza le provocaba una horrible pereza.

Aquí seguía con una habitación que daba a un patio interior. Las vecinas cantaban o comentaban  entre sí  los acontecimientos cotidianos. Era imposible que el olor a fritanga desapareciese de las paredes de aquel patio, años de recibir los humos del mal aceite y el no menos desagradable tufo de las coles y repollos. La  inquilina del 4º B, tendía la ropa justo encima de su habitación y frecuentemente  las sábanas le robaban la ya escasa luz.  Pero esa era su casa.

A pesar de los juiciosos consejos de amigas y familiares, seguía aquí tercamente engarzada a su pasado. A su madre. Y a su deber.

¿Cual será mi deber- se preguntaba cada mañana- ahora que no tengo que cuidarla, y  lavarme y peinarme son una rutina?.

 

Sus amigas pocas y bien escogidas, eran toda su vida y con ellas iba  a cines, teatros, conciertos, exposiciones, a comer en escondidos restaurantes sencillos, y gozaba de amables ratos de conversación.   Hacían algún viaje e invertía mucho tiempo en   su cuidadosa preparación escarbando en la historia, las costumbres, las curiosidades alejadas de la ruta turística.

 Un lunes, sí era lunes, un día con fama de fláccido, volvía del trabajo apresada en sus pensamientos, entre los que ocupaba el sillón presidencial, la búsqueda del deber. No tengo nada que hacer más que este trabajo gris y rutinario en el que gasto mis días. Y  de pronto algo se instaló en su cabeza: los otros. No había en la calle nadie  ni nada que hubiera llamado su atención, pero tropezó con  la  realidad de que estaba rodeada de gente y pensó, se obsesionó con la idea de que quizá alguien en este momento la necesitaba.

Nunca había pensado en  la vida para entregarla;  su propia situación de soltera con 38 años, sin novio ni pareja le daba libertad, vivía  con el dinero justo, pocas ambiciones,  pero instalada en ese círculo cerrado de sí misma.  Se entrecruzó la idea de decir que sí por fin a Carlos su compañero de trabajo enamorado de ella desde siempre, pero no sentía  frío ni calor.

Cuando era  muy jovencita, desde la admiración que le producía la figura de un padre que no tuvo, se enamoró de su profesor de lengua y literatura. Guardó en su cofre interior este amor que nunca comunicó a nadie. Él estaba casado y ella era esclava del deber. Este  secreto amor alimentado con enfermizo mimo cada día y cada noche, la había llevado a un estado de atonía por los hombres. Era una  mujer vuelta hacia ella misma y en el centro de su rincón interior ese amor guardado como un pétalo entre las hojas de un libro.

Acariciaba morbosamente que el día que la mujer de él muriera le tendría para ella, lo cuidaría y mimaría, pero no quiso la vida que esto sucediera y él con treinta años más, y ajeno a esta pasión casi infantil, caminaba a la vejez rodeado de hijos y nietos.

Ahí fuera están, se dijo, y llenan las páginas de los periódicos: los otros. Cenó  sin saber qué, anudada por esta presencia invisible que acababa de entrar en su vida.

 

A la mañana siguiente comenzó a dar vueltas en su cabeza dispuesta a elegir un medio de cumplir  con este deber. Desechó unirse a una asociación benéfica, no quería una vida nueva si no dedicar la suya, pequeña y vulgar  a su nuevo deber, le repugnaba   ponerse la condecoración de generosa. Y siguió pensando. Simplemente podría dedicar un dinero mensual a los necesitados de lo que le sobraba, pero esto no encajaba con su estricta definición de deber.

 Y casi sin darse cuenta,  guiada por  su alma de introvertida empezó a ayudar a los otros, sin que se enterasen jamás de quién había sido su benefactor.

 Se encontro en el ascensor a una señora muy agradable  de las que saludan con una sonrisa, que no son tan frecuentes. Vivía desde hacía muchos años en la casa, cuando era más joven la oía cantar por el patio arias de zarzuela con  preciosa voz, buen oído y gusto y siempre pensó que era digna de mejor auditorio.  Compró en internet dos entradas para “La del manojo de rosas” y las echó en su buzón.

 Días después la oyó  comentar el espectáculo al  que asistió con una amiga de su quinta, con un brillo en los ojos que expresaba la magnífica tarde que le había proporcionado. Sintió una loca alegría y se prometió a sí misma que no sería la última vez.

 Entusiasmada con el nuevo deber  su carácter un poco excéntrico la llevó a extrañas maneras de hacer felices a los demás.  Bajó al metro,  que utilizaba en raras ocasiones, y miró con otros ojos lo que ya le era conocido. En una esquina cercana a su trabajo un hombre joven rasgaba diariamente una guitarra de mala calidad y destrozada por el tiempo; lo vigiló y una mañana cuando él había entrado en el bar, sustituyó el instrumento a toda prisa y llegó al trabajo, para extrañeza de todos, con aquella vieja guitarra.

Nadie sabía nada de sus acciones. El secreto y la originalidad de su donación le producían una gran satisfacción. Sus amigas confundieron con enamoramiento la causa de su buen ánimo y alegría.

 Pensó que no quería siquiera cobrar el fruto de sus actos, leía los boletines de las  ONG para informarse de situaciones difíciles y se lanzaba con empeño a este divertido juego de hacer felices a los demás.

Algunos casos la obligaron a desplazarse a localidades cercanas a Madrid. Un día en una de ellas rondó el domicilio de una familia.  Un cuadro de Dickens que le impresionó hasta las lágrimas: la madre enferma, el padre en prisión y tres niños mocosos y descuidados. Los servicios sociales se encargaban de su alimentación y medicinas y vigilaban que los niños fueran al colegio.

Ella quería otra cosa. Envió a la chabola un excelente colchón con ropa de cama, una televisión, juguetes y una bicicleta para la niña mayor, que con nueve años atendía a su madre, la casa y cuidaba de sus hermanos. 

Meses más tarde cedió a la tentación de pasar por allí y presenciar desde lejos la felicidad de la familia. Vio los restos de  la chabola quemada. Preguntó muy preocupada, y le dijeron que “su” familia se había marchado,  unos vecinos envidiosos  los   acusaron de traficar con  la droga y una noche  quemaron  la casa.

 Abril, 2015



EL CHICO DEL ANORAK ROJO Y AZUL

Llevaba mucho días viéndole entrar y salir en el portal, y acabó considerándole alguien muy familiar. Ese chico alto, rubio, no sé si guapo, pero no desagradable, tenía que ser un amigo.

Empezó todo una tarde que ella se dejó la llave dentro de casa; le vio volver como siempre a las ocho menos cuarto,  llovía muchísimo, y  estaba helada de frío. Él llevaba la capucha  de su anorak rojo y azul, calada hasta los ojos y apenas la miró al pasar, ella dijo levemente

-¡Hola! ¡Qué chaparrón me ha caído encima!

 Al entrar en el portal, él se bajó la capucha y  le mostró unos ojos grises,  fríos; hablaron un rato del mal tiempo. 

 -Me he dejado las llaves dentro -y esperó que la invitara a subir a su piso, pero no lo hizo.

- ¿No la dejas en portería?

- Mi madre está casi siempre en casa, pero hoy no, y no lleva el móvil…

 Él se despidió  y subió a su casa. A los pocos días ella se enteró de que su nombre era  Javier.

Lo encontró una noche en un bar, tomando unas cervezas,  y estuvieron hablando mucho, los amigos se fueron

-No importa, iros,  Javier vive en mi casa, por cierto, ¿vives solo?

 -Sí- dijo él lacónico- por ahora ¿Tú te llamas…?

-Ana.

- Pues como mi abuela.

Un sábado por la mañana   le vio salir con zapatillas deportivas dispuesto,  como ella, a correr.

- Yo solo media horita- dijo él, y juntos corrieron,  ella casi más deprisa.

- Tú que haces ¿estudias?

-No, no, hablando no se puede- se quejó  jadeando Javier.

Nunca subió a su piso, él no la invitó a subir. Estaba estudiando sociología y a ella no le parecía una carrera interesante.

- Bueno, a mí  sí me interesa.

Así, como dos vecinos, coincidieron y charlaron muchas veces y  Ana se fue ¿enamorando? bueno no sé, pero sí algo sentía. Era un sentimiento extraño que no había tenido por otro chico. A pesar de sus hombros anchos y su indudable fortaleza, a pesar de que parecía tener siempre todo muy claro cuando daba su opinión, a pesar de su exagerado entusiasmo por su  tierra, al mirar sus ojos grises Ana sentía una inexplicable lástima,   tenía la impresión de que estaba vacío por dentro, y se empeñaba en creer que la  necesitaba.

 Javier era introvertido, pero, aunque no  se mostraba fácilmente, Ana observó que sus opiniones eran rígidas, como talladas por una mano ajena. Nunca, nunca le vio seguir al expresarse, ese lento  camino del razonamiento, en busca de una verdad que le convenciese a sí mismo. Solo quería convencer al que escuchaba, o quizá ni eso, solo imponer que tenía razón con argumentos  empaquetados  en sentimientos, solo sentimientos, muy elementales... estaba programada su idea y programado su entusiasmo, habían sido inoculados en vena y  hacían reaccionar a sus instintos más cerebélicos.

 Ana no sabía bien porqué pensaba esto, cuando escuchaba a Javier, que ya empezaba a ser su Javier,  no era una intelectual, estudiaba con vocación para enfermera y estaba convencida de que el ser humano, a veces tan débil y menesteroso, era lo más importante del mundo, y el deseo de  ayudar a los demás, se le impuso  en el momento de elegir su camino profesional.

Él no se  insinuaba sentimentalmente, ni demostraba mucha atracción, pero sí interés por ella y su entorno familiar. Ana,  esperaba ilusionada que llegara el momento.

Un día Javier, después de pasarse con el alcohol, se mostró agresivo,  partidario de  soluciones para los problemas cotidianos, que rozaban con el odio a un grupo. Sí, ya en otra ocasión Ana se había dado cuenta de que Javier dividía su entorno en dos: los suyos y los otros; y los otros eran una despreciable masa sin cara, sin sentimientos, sin alma. Ana sintió un pinchazo de miedo al ver incendiada la niebla de aquellos ojos grises y recordó una frase de su padre: “Los más peligrosos son los que dicen y obran con el lema: ‘Y fuer (o muera) el que no piense igual que pienso yo. ”

Una vez Javier subió a su casa, Ana lo presentó como un amigo y  él  charló  con su padre de cosas intrascendentes, el tiempo, el trabajo,  el deporte. Su madre sonriente, se imaginó muchas cosas.

Aquella mañana se estaba arreglando, en el cuarto de baño,  Ana, ya peinada, retocaba la línea azul en el borde de sus ojos cuando, un zambombazo  rajó el espejo y casi la tira de espaldas. Se asomó desorientada a la ventana: su padre estaba tumbado en la acera desangrándose y, sí, aquél chico que corría a meterse  en el Opel,  sí,  era Javier con  su anorak rojo y azul y la capucha calada hasta los ojos.

Agosto, 2015


¡QUÉ ABURRIMIENTO!

 No sé como ha llegado a mí esta destructora sensación de hastío, de cansancio interior, de corrosivo tedio. La rutina del deber. ¡Qué aburrimiento!

Esta se estaba volviendo últimamente su frase repetida ante la monocorde sintonía de su trabajo y de su vida.

Había sido educada en la obligación del deber y era limpia y ordenada, cumplía con eficiencia su trabajo,  era fiel a sus ya antiguas amistades, e iba a misa cada domingo, pero no tenía muy clara, a pesar de la insistente  educación de su madre, cual era su deber.

                          *  *   *

Una noche lo bastante fría como para desear a cualquiera ir deprisa a casa, encontró acurrucada en el cajero del banco Popular a la chica que pedía junto a la entrada del metro. Solía darle limosna y hablaba con ella. Intentó recordar su nombre, que alguna vez había sabido, y le dijo

-     ¿Qué haces aquí tan tarde?

-     No tengo donde ir.

-     No pensarás dormir ahí. Te doy dinero coges el metro y vas a un albergue.

-     -No

-     -¿Has cenado?

-     No

-      Bueno, espera te bajo algo de comer y un anorak que te abrigue más.

Subió y, aunque le apetecía tirarse en el sillón a ver la televisión después de un día ajetreado, se puso a hacer  una tortilla, calentó un caldo,  cogió   un par de naranjas,  buscó   unos cubiertos de plástico que andaban por ahí, pan, ¡ah! tengo que llevarle agua, vació una botellín de coca cola lo llenó de agua, y unos veinte minutos después bajó al banco.

 La chica no estaba.

Dio unas vueltas, miró en el recodo de la entrada de la farmacia, pero no la vio. Se quedó un buen rato con la bolsa en la mano sin saber qué hacer, mirando a su alrededor y por fin decidió dejárselo ahí, en una esquina de la entrada del cajero, y subió. A las doce y diez cuando ya iba a meterse en la cama, se sintió intranquila, se echó un abrigo sobre la bata y en zapatillas bajó al  banco. La comida seguía ahí, pero la chica no estaba. Bueno, mañana cuando la vea  en el metro se lo diré. Y se acostó.

A la mañana siguiente la llamó  su compañera de trabajo y le ofreció llevarla  en coche. De pronto le vino a la memoria  Ania, sí era el nombre de la chica.

Al volver tampoco la vio en la escalera del metro y, sin saber bien porqué, empezó a preocuparse.

Preguntó  a un hombre   que solía pedir cerca de ella

- Ah, me ha dicho la del kiosco que ayer la pegaron unos tíos.

 La señora del kiosco le dijo que venía en la prensa y, muy exageradamente,  describió a una pandilla de bárbaros que la habían maltratado y violado.

 Efectivamente: en la prensa la noticia decía que el dueño de la gasolinera había llamado a la policía a las once  de la noche al oír los gritos de una joven, de unos veinte años, que solía pedir limosna por este barrio y que había sufrido agresiones sexuales de cuatro o cinco chicos,  pasados de alcohol y quizá de droga.

La joven que era de un país del este  de Europa, había sido ingresada en el hospital de la Paz con pronóstico reservado.

 El run run de la conciencia no la dejó trabajar con atención  al día siguiente. Al  llegar a casa tomó la decisión de ir a la Paz.

En el control después de localizarla, le informaron de que estaba en la UVI y no recibía visitas. Volvió dos días después,  ya  estaba en planta y pasó a verla.

 Cuando entró en la habitación apenas la reconoció . Se habían ensañado con ella y tenía un ojo hinchado, varias moraduras y  le habían cortado el pelo en el hospital. Ania sí la reconoció.

Cecilia empezó disculpandose. Te bajé caldo y tortilla pero tardé en… preparar el agua ,… envolverlo y claro…. bajé y no estabas y a las doce volví  a bajar y allí seguía el  paquete. Pero ¿cómo te encuentras?

Todos los días fue a visitarla durante el mes y medio que duró la recuperación. Supo todos los detalles de su triste y complicada vida. Ania hablaba despacio y suavemente, con  reserva de su intimidad, de su negra biografía de miseria y abuso.

Cecilia se enteró de como estaba el caso por su amiga Rosa, que trabaja en los juzgados.   Alguno de los chicos era menor y los culpables pretendían que todo cayera sobre él. El juicio tardará y seguro  tendría derecho a una indemnización, pero son unos drogatas insolventes.

Habló con los médicos que la habían operado y con  las enfermeras y estuvo al tanto de todo el proceso. Tendrá una recuperación lenta y necesitará una vida ordenada, tranquila y no dejar la medicación, aseguro el médico.

 Cuando la informaron de  que en unos días le darían el alta, empezó a acariciar la ¿descabellada? idea de llevársela  a su casa.  Se acabaría su soledad. Y Ania se fue a vivir con  ella.

 

Hubiera sido maravilloso escribir que se llevaron muy bien y fueron excelentes amigas toda la vida, pero no fue así.

Pasaron muchos meses intentando buscarle un trabajo, pero no había en ella orden ni disciplina y se defendía ante la vida con una orgullosa rebeldía antisocial. Tras  una convivencia tortuosa, en la que Ania se mostraba hermética, y rechazaba con aspereza  las atenciones y la sobreprotección de Cecilia, un día, al volver de su oficina, encontró una escueta carta de despedida. Se iba, no estaba acostumbrada a esta vida y se ahogaba.  Al marcharse se llevó algunas cosas que no le pertenecían.

 Sin embargo, curiosamente, Cecilia permaneció tranquila, no contó estos detalles a sus amigas, que tachaban a Ania de seca e ingrata y sintió que, sin embargo, este pasaje de su vida le había dejado la enseñanza clara de lo que era un deber.

                                               ****

Dos años más tarde una mañana, recibió una llamada de la policía.  Ania había dado a luz en un barracón abandonado y estaba muy grave en el hospital. Fue a verla, agonizaba, ni siquiera abrió los ojos.  El bebé estaba en el nido; era una niña preciosa. Ante la inminente muerte  de la madre, sin familia  conocida, se proponían llevarla a  una Institución, pero la policia informó de que  Ania había dejado una carta:

 “Quiero que se pongan en contacto con mi amiga Cecilia y daba mi dirección y teléfono,  ella cuidará de mi niña, gracias.”

Cecilia vivió siempre agradecida a Ania, ella  había dejado prendido en el centro de su aburrimiento este precioso broche de diamantes, que iluminó   su vida.

 2020







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