Cuentos infantiles

Cuentos infantiles






                                          PARA LEER CON MAMÁ
                                         CUENTOS DE LAS LETRAS
Cuento de la A
                     La escalera  estaba un poco triste porque no era más que una cosa. Todos la pisaban, subían, bajaban y la guardaban otra vez en el armario oscuro. Pero una tarde Marcos, no pudo ir al parque con mamá, llovía muchísimo y quiso jugar con su tren,   que estaba guardado en lo alto de la estantería de su cuarto. Él no llegaba a cogerlo porque aún  era un niño pequeño y bajito,  y su mamá le dijo:
-         Mira, vamos a sacar la escalera. La ponemos así, bien, bien abierta. Tiene esa cuerda enmedio para que no se cierre. ¿La ves?   se parece a una A.
  Su mamá subió despacio,  cogió el  tren eléctrico y se lo dio a Marcos que,  muy agradecido, plantó un beso en un escalón,  a la escalera le gustó muchísimo y se sintió  importante. Cuando Marcos sube al  tobogán en el parque recuerda a su escalera que ayuda a llegar a las alturas, y piensa en la letra A que sube hasta la punta y baja por el otro lado sujeta por una cuerdecita, como  también si ve en las palabras  AsA, AlA, ArcA.

Cuento de la E
                 Javier era un niño guapo, bueno, y listo porque ya sabía casi leer. Pero tenía un defecto: era un poco cochino. Cuando comía  olvidaba muchas veces el tenedor, todo lo cogía con los dedos. Su mamá se enfadaba muchísimo ¡claro! porque después se limpiaba los dedos en el jersey. Y siempre iba lleno de manchas.
-         Voy a ponerte un baby como a los chiquitines o un babero.
 A Javier no le gustaba el babero, de los bebés, pero no usaba la servilleta jamás.
 Un día había macarrones con mucha salsa de tomate y quesito rallado por encima. Se los comió con mucho gusto; estaban buenísimos. Cogió el queso con dos dedos y se los manchó de tomate. Después, como siempre, se limpió en la camiseta, la estrenaba ese día y era muy bonita. La mancha que quedó era roja y tenía esta forma E. Su mamá la lavó y la lavó, pero no pudo quitarla. Entonces se le ocurrió una idea, la bordó encima con hilo rojo, así como estaba, un poco  torcida para un lado.
-        - Tiene forma de un  tenedor sin  rabo, así  recordarás  que no hay que comer con los dedos.
 En el colegio sus compañeros se rieron un poco de Javier
-         -¿Te has cambiado de nombre, cómo te llamas ahora  Enrique, Ernesto, Emeterio?
Algunos se pusieron  pesados  decían  que era un estante y le ponían los libros encima de la cabeza.
-          -No, no, dijo Javier, soy un Elefante  y  como os dé un trompazo…
Ya nunca se olvida del tenedor y cuando ve su camiseta recuerda que con la E se escribe educado.
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Cuento de la I
 Palito quiso pasear.
Estaba cansado de estar siempre quieto, quieto, en la rama, viendo las hojas, oyendo a los pajaritos. ¡Qué vida tan aburrida!
Aquél día hacía mucho viento, Palito se dejo llevar por una ráfaga y cayó al suelo. El viento le arrastró un poco por la hierba y le llevó lejos del álamo donde había nacido.
 Ahora vio de cerca a las margaritas, eran bonitas, desde el árbol parecían más  pequeñas. Por su lado pasaron las hormigas cargadas con la comida ¡qué divertido verlas en fila camino del hormiguero! Pero de pronto empezó a llover. Una gota, dos gotas, muuuchas gotas. Ya no tenía las hojas del  árbol para cubrirse, ni paraguas ni capucha. Todo el campo se convirtió en un gran charco y los pájaros bajaron a beber.
Los bichitos y los bichejos corrieron a meterse  en sus agujeros. Palito se resguardó debajo de una amable seta, y allí esperó a que dejase de llover.
Por fin asomó la cara de un sol maravilloso. Un sol de fiesta. Palito se secó tumbado en una piedra.
De este primer paseo guarda un buen recuerdo y ¡por si acaso! lleva siempre un sombrerito. Aquí le tenéis con su sombrero en las palabras indio, iglesia, iglú.
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Cuento de la O
         
           Había una vez un niño que se llamaba Manolo. Era muy limpio;  antes de comer y después de jugar se lavaba bien las manos. Le encantaba hacer mucha espuma con el jabón. Una tarde estaba venga a sacar espuma y le salió una pompa, la sopló entre los dedos y se hizo enorme, nunca había visto una pompa tan grande,  pintada de colores: rojo, amarillo, verde, azúl… Soplándola un poco subía despacio, como si volara, después caía y se quedaba quietecita en la repisa, junto al espejo. Era como si hubiera  dos pompas.
 Jugó mucho rato con ella, soplaba y subía,  luego la dejaba caer; pero  bajando, bajando  tropezó con el borde del lavabo y se rompió. Sólo dejó una gota de agua. A Manolo le dio tanta pena que lloró unas lagrimitas, y pintó su retrato como era ella: transparente, redonda, con muchos colores.
 La puso con una chincheta en la pared de su cuarto y  cuando ve en los cuentos las palabras OsO, sOl, OjO, OrO, recuerda a su bonita amiga la pompa de jabón.
 Su abuela le compró un aparato para hacer pompas, mamá lo rellena con jabón líquido y un poco de agua,  él sopla suavemente  y salen volando muchísimas pompas, pero ninguna es tan preciosa como aquella, que él hizo con sus dedos una tarde.

Cuento de la U
 Aquél día  fueron de excursión al monte y a Luisi eso era lo que más le gustaba del verano. Mamá metía la comida en una cesta, papá llevaba un bastón para apartar las ramas, los prismáticos para mirar lejos y observar a los pájaros, la máquina de fotos, y  su hermano Daniel se colgaba al hombro una cantimplora, llena de agua fresquita. Luisi quería llevar a su muñeca preferida, pero mamá no  quiso
      - Acabaré cargando yo con ella
Cuando había un riachuelo papá la subía en sus hombros para cruzarlo, y como era tan altote ella iba encantada allí arriba. Comió mucho, pero tenía sed y pidió agua.
- Bebe de la cantimplora- dijo papá. Pero a Luisi no le gustaba beber de la cantimplora, y se puso a llorar
-         --Yo quiero un vaso ¿por qué no has traído un vaso para mí?
-       _  Si no querías beber de la cantimplora, tú  has podido traer tu vasito rosa con tapa.- Dijo mamá.
Tenía tanta sed que todo lo que veía le parecía un vaso, pero era muy terca y no quiso el agua de la cantimplora, aguantó hasta que llegaron al merendero. Le dio mucha alegría coger por fin el vaso con sus  manos, ¡qué gusto beber así!  y se tomó toda el agua.  
Siempre que ve la U en las palabras Uva, Uña, Uno, se acuerda de lo que deseó aquél día tener un vaso para beber agüa. Y cuando van de excursión no se olvida nunca de llevar su vaso rosa con tapa.




  
COMPAÑERO
( Dedicado a los Scouts)
Asomó la cabeza por el agujero y miró a su alrededor, había dejado de llover,  la hierba estaba más verde y de los árboles caían despacio las últimas gotitas. Decidió  salir a explorar. No cogió la mochila porque nunca llevaba mochila, ni cantimplora ni chubasquero ni botas ni nada. Nació así y así andaba por el  campo con frío o con calor, él era simplemente un bicho; lo sabía porque cuando algún niño, que estaba  sentado en la hierba, le veía pasar gritaba a su amigo
-¡Mira, mira, un bicho!
 Sabía que era un bicho, pero no sabía cual. No era culto, los bichos ni siquiera  aprenden a leer, no pudo enterarse nunca de quién era  y, como no se miraba al espejo, tampoco sabía mucho como era, solo  veía sus patitas finas y negras .
Empezó a caminar despacio, ordenadamente, rítmicamente, por un estrecho sendero entre dos filas de alta hierba, subió trabajosamente una loma así de alta y contempló desde arriba una preciosa vista; al otro lado había un charco plateado con margaritas al borde, tres piedras casi iguales una algo más negra, un montoncito de arena y una hoja dorada caída del enorme y frondoso castaño. No estaba mal. Relajado, descansó un poco mientras admiraba el paisaje.
 De pronto vio venir a alguien caminando deprisa, con las negras patas finas, dos largas antenas en la cabeza, y un cuerpo redondo negro azabache. Supo enseguida que él era así, ese que se acercaba era como él. Bajó deprisa la cuesta de la loma, y se acercó despacito al otro bicho. Cuando estuvo cerca le observó cuidadosamente. El otro juntó las antenas  con las suyas, y   le gustó mucho este saludo. Se sintió muy contento,¡feliz! Ya sabía quien era y cómo era porque había encontrado un bicho como él,  tenía un compañero, compañero…
El otro lo observaba y movía las antenas indudablemente satisfecho, e hizo un gesto con la boca, que seguro fue una sonrisa. Durante unos momentos, quietos los dos, se miraron mutuamente, después muy juntos, levantando al mismo tiempo sus flacas patitas negras, echaron a andar rítmicamente, por el estrecho sendero entre dos filas altas de hierba.
Noviembre, 1980










EL CACHALOTE HUÉRFANO
Tenía la piel gris, medía ocho metros de largo y pesaba casi quince toneladas, pero solo era un bebé, que necesitaba a su mamá. Le gustaba aún tomar un poco de su leche caliente y notar junto a él su cuerpo  enorme, que le defendía de los enemigos, cuando nadaban por el  océano. ¿Cómo iba él solo a pescar los cefalópodos?  Los zoólogos, esos señores que  observan a los y  saben mucho, llaman así a los calamares y a los pulpos, porque tiene las patas en la cabeza.
 La cría de cetáceo, nadaba sin rumbo fijo mientras pensaba asustado ¿qué iba a  ser de él?; usando su aleta dorsal como timón, daba  vueltas y vueltas sobre sí mismo. De pronto, a pocos metros surgió una pequeña embarcación, su proa aguda, mucho más larga  que la de cualquier barco de su tamaño, era altísima y sobre ella había un castillete con un cañón arponero. En su costado llevaba escrito con grandes letras blancas: DOLLY.
 Nada de esto llamó la atención del pequeño cetáceo, lo que hizo latir con fuerza su corazón fue ver arrastrado por el barco, asida a un grueso cable, la voluminosa masa  de un cachalote muerto. Todavía salía sobre las aguas el arpón que le quitó la vida.
 En la cubierta del barco iban tres  hombres y un muchacho. El más viejo gritó
 -Mira, Michel, apuesto la cabeza a que nuestra presa es hembra, esa debe ser su cría.
- Es verdad- contestó el llamado Michel, un hombre de edad media, delgado y altísimo- seguro  que sigue nuestro rastro.    Hizo una hábil maniobra con el timón y acercó el barco al pequeño cachalote
-¡Francis!- llamó- mira que bonito ejemplar.
 Se lo decía a un muchacho con el pelo más rojo que nunca se vio y el mayor número de pecas posible en su pequeña nariz. El chico se asomó a la borda y contempló con interés al animal, que se arrimaba instintivamente al cuerpo sin vida de su madre.
- Te fijas, - volvió a hablar Michel- está desorientado. Mira como busca el amparo de su mamá. ¿Sabes que las madres cachalotes son  de las más cariñosas  entre  los mamíferos?.
-¡Por favor, no le tiréis el arpón!- y Francis le sujetaba las manos como si quisiera evitarlo con su gesto.
- No hijo, no te preocupes. Está prohibido y penado con multas matar una cría; incluso podrían retirarnos para siempre la licencia del ballenero. Matando a las crías acabaríamos con la especie en pocos años.
- ¡Claro, ya lo entiendo- asintió satisfecho Francis.-  ¡Pobrecito! es que me  da mucha pena.
 Francis era el hijo de Michel Taylor, capitan del Dolly; siempre había pedido a su padre que le llevase en el ballenero, pero él nunca quiso. Al volver de la pesca le hablaba de los peligros y emociones de cada captura, pero aseguraba que no era un trabajo para niños. Ahora se lo había concedido, por fin, como regalo de cumpleaños.  Aquella mañana su madre rezongaba mientras les ponía el desayuno.
- Hay que ver que cosas tienes Michel. ¡Vaya un regalo para un muchacho de trece años. Yo había visto en la tienda de Evans unos patines estupendos…
Francis estaba viviendo unos días inolvidables en la Dolly; pensaba en el momento en que lo contaría en clase para la admiración de sus compañeros.
El viejo Roger, que llevaba cuarenta años dedicado a la pesca de la ballena, con su negra barba y su enorme pipa humeante, le imponía a Francis un gran respeto, casi miedo, pero en el barco había estado muy cariñoso con él, explicándole con todo detalle los pormenores de la pesca y de las maniobras. La verdad es que, aunque  el chico admiraba el trabajo, los peligros y los sudores de la tripulación, se le saltaron las lágrimas cuando el arpón se clavó en el costado  del cachalote. El cuerpo del animal bailó una desesperada danza de la muerte, e hizo casi zozobrar al barco, tratando de desprenderse del tremendo aguijón.
 Francis se sentía ahora algo liberado del remordimiento, que le produjo la impresionante captura del cetáceo, viendo viva y protegida a su cría.
-¿Podríamos echarle de comer? –Preguntó a Dan, el hombre más joven de la tripulación, que era famoso entre los pescadores, por su sentido del humor y sus sonoras carcajadas.
-  Voy a buscar una hamburguesa  con tomate,  ja ja ja-  y se reía estrepitosamente.- Ahí en popa hay un cubo de calamares, ya sabes que les gustan mucho, en eso se distinguen de las ballenas que comen plancton. ¿Sabes lo que es?
- ¡Claro que lo sé!  Una especie de sopa de crustáceos pequeñísimos, otros bichitos, casi invisibles, y algas minúsculas.
 Entre los dos echaron por la borda los calamares, el animal abrió exageradamente su enorme boca, casi la tercera parte de su cuerpo y los engulló goloso, en pocos segundos.
- ¿Has visto - dijo Dan a Francis- que  tiene dientes solo arriba?   Abajo  tiene unos huecos para que salga el agua cuando la boca está entreabierta y, cuando la cierra, los dientes encajen perfectamente .
Algo le hizo sentir al muchacho la necesidad de ponerle un nombre al animal, lo decidió enseguida y eligió César. Le pareció  muy apropiado para un cachalote huérfano. Y así le llamó todos los días entre palabras cariñosas,  mezcladas con unos cuantos cubos de calamares, y el animal respondía a su llamada  y agradecía la comida con grandes saltos y coletazos. Francis, acodado en la borda observaba curioso  durante horas todos sus movimientos, y se encariñó con él.
 Días después asistió a un curioso espectáculo. Los tres hombres de la tripulación estaban  inflando de aire el cuerpo de la cachalote muerta, para que flotase mejor e hiciera  más facil remolcarla hasta el barco “nodriza”, que les esperaba cercano a la costa. Allí el animal sería alzado a la cubierta y despedazado, para aprovechar todas sus partes, que son muy codiciadas.
De las ballenas y los cachalotes se utiliza la carne para comida,  la piel, las barbas, la grasa,  y hasta una piedra llamada ambar gris, que algunos ejemplares tienen en el estómago, provocada por una enfermedad. Antes de la invención de la luz eléctrica, su sebo se utilizaba como un eficaz y  barato sistema de alumbrado, en toda América del Norte.
 Durante todo el camino a la costa, Cesar nadó pegado al costado del Dolly, tercamenete aferrado  a lo único que le quedaba de su mamá perdida. Y Francis lloró el último día como se llora en la despedida de un amigo.
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 Quince días después, cuando el Dolly llegó de nuevo a las corrientes templadas de Nueva Inglaterra, Dan fue el primero en divisar al pequeño cachalote, que nadaba rápido hacia ellos.
- ¡Mirad, es Cesar!- y soltó  una de sus famosas carcajadas.
 Durante meses en sus salidas el pequeño cachalote acompañó al  ballenero, los tres hombres lo tomaron como mascota, y consideraban   su ausencia  síntoma de mala suerte;  pero a Michel le hacía sentirse íncomodo, que Cesar les sirviera de reclamo, atrayendo hacia ellos a otros cachalotes.
  Ni a Francis ni a su madre les gustaba que su padre trabajase en un barco ballenero. A la mujer le parecía un oficio peligroso, y Francis pensaba  que era muy cruel la caza del cachalote y la ballena, unos animales mamíferos como nosotros, sensibles y muy inteligentes.
 Los dos insistieron repetidamente y lograron  que lo dejara para siempre.
 Michel sale ahora de pesca con la vieja Dolly, que ya no tiene en su torreta el cañón arponero, Francis le acompaña frecuentemente, y al llegar a alta mar, navegan escoltados por los alegres coletazos de Cesar, que es ya un enorme cachalote adulto.





EL  VUELO  DE  LA  COSA  MALA



 La Cosa Mala volaba, pero, ¿qué digo volaba?, se arrastraba empujada por el viento del sur, desordenadamente y sin rumbo fijo. Era fea, negra, blanda. Estaba formada por una asquerosa mezcla de gruñidos de maestro,  dolores de tripa, enfados de madre, algunos pellizcos de malos amigos y hasta un poco de medicina amarga, de esa que abre el apetito.
 Apenas se la veía en sus viajes por el cielo; se escondía en la barriga de las nubes blancas y gordinflonas que, hablando de sus cosas, ni siquiera se fijaban en ella.
Tenía esta Cosa Mala la desagradable costumbre de canturrear una absurda canción y, como no sabía otra, la repetía y la repetía sin parar:
“¡Uh, uh, uh currun cuflás, currun cuflás!  Así todo el tiempo.

Una tarde volando y volando pasó sobre un prado verde, suave como una alfombra. Unas vacas amarillas de larguísimos cuernos estaban rumiando pacíficas,  al cruzar  la Cosa Mala el cielo se oscureció,  miles de moscas salieron,  no se sabe de donde, y se lanzaron a picar a las tranquilas vacas. Rosita, una ternera  viva de genio, se enfadó mucho y quiso cornear a alguien, por suerte no había nadie en el prado y Rosita le dio un buen topetazo al tronco de un roble viejo, que no tenía culpa de nada.
Las nubes,  volando rápidamente, llegaron a un pueblo pequeño, con las casitas blancas y la torre de la iglesia asomando por encima de los tejados. Al pasar sobre la primera casa  la Cosa Mala se dejó caer desparramándose,  y un poco de ella se coló por la chimenea. Paquito,  que era un niño muy formal, hacía sus deberes al calor de la chimenea,  porque esta era una primavera  fresquita. De pronto sintió unas ganas irresistibles de tirarle del rabo a Nerón,  un gato negro y gordo, que dormitaba cerca del fuego.  Sorprendido por el ataque de su amo, el minino dio un salto aullando  y fue al granero a vengarse en dos ratones, con los que ya había hecho las paces.  Tul, un perro serio, que guardaba la casa, sintió despertar su enemistad con el gato y persiguió a Nerón por toda la finca, aunque no logró atraparlo.
 Mientras tanto se quemaron en el horno, por primera vez en diez años, unos bollos que eran la especialidad de la mamá de Paquito, que, de muy mal humor, le dio un tirón de orejas a su hijo por haber venido tan sucio de la escuela,  igual que todos los días, pensó Paquito.
La Cosa Mala ya había descansado y  volando desastrosamente, se alejó del pueblo y siguió la dirección de la vía; en aquel momento salió del túnel un tren, al llegar a la cuesta empezó a renquear, las ruedas patinaban girando sobre sí mismas y al fin se paró la máquina, el primer vagón, el segundo vagón,  el tercer vagón,  y los siete vagones se quedaron quietos. De la locomotora bajaron el conductor y su ayudante y, después de observar los ejes y las ruedas, se pusieron a discutir entre  ellos y a punto estuvieron de darse puñetazos.
 La Cosa Mala sobrevoló  la colina y sin saber a donde iba , porque no tenía ni idea de geografía, siguió arrastrada entre las nubes, despeinada, sucia y cantando su  horrible canción:
 ¡Uh, uh, uh, currun cuflás, currun cuflás!
 A las seis y media de la tarde llegó a Santander.  Sobre la montaña  montados a caballo en el último rayo de sol, dieciocho angelitos tomaban la merienda, pan y chocolate. Cuando la vieron pasar,  soplaron y soplaron con fuerza, empujándola hacia el mar. Las nubes iban contentas volando deprisa, y decían adiós a las olas que, con sus gorritos blancos, contestaban al saludo.
 La Cosa Mala, muy fatigada, se echó en una roca a descansar. Cuarenta gaviotas se pelearon por una sardina y por poco se matan a picotazos. La roca estaba resbaladiza, porque el mar día a día había dejado sobre ella algas verdes y amarillas, la Cosa Mala tontorrona y torpe resbaló y cayó al agua, y se disolvió entre las olas del mar Cantábrico.
 Los peces hicieron una rueda alrededor, las gaviotas reían muy contentas y los dieciocho angelitos celebraron con cantos la desaparición de la Cosa Mala; y como se estaba escondiendo el sol, echaron a volar en todas direcciones, agitando sus alas muy deprisa, para llegar puntuales a los sueños de los niños buenos, que se acuestan a su hora, y se duermen enseguida.






D E L F I


Esta es la historia de Delfi, un delfín que vivía muy feliz, con su madre,  en el océano. Nadaba y nadaba,   hacía cabriolas,  daba vueltas y se lo pasaba muy bien con sus compañeros,  los otros  delfines y su gran amigo  Pincho, un pez espada grandote y valiente. Aún era muy joven y no le dejaban ir al cercano arrecife, donde los corales formaban agudas rocas en las que tenían su vivienda algunos animales peligrosos. Pero lo que más deseaba Delfi era, precisamente, ir al arrecife; se lo decía siempre a su amigo Pincho.
-         Estoy deseando ser mayor para poder ir a ver los corales, todos dicen que son maravillosos...
-         A mí me da un poco de  miedo, creo que hay calamares gigantescos, pulpos malhumorados.
Una tarde, pidió permiso a su mamá para ir con Pincho a disfrutar y merendarse unos pececillos
- Sí, puedes ir pero no te acerques al arrecife,- dijo la mamá-  los corales cortan mucho y hay bichos peligrosos.
Salieron contentos  jugaron saltando y dando volteretas. y Delfi propuso dar una vuelta pequeña por el arrecife de coral, sólo para ver un poquito de ese mundo de vida y colores. Pincho aceptó.
Era precioso, con sus flores brillantes, las anémonas, las algas verdes y larguísimas y muchísimos peces  algunos muy raros.  Delfi se quedó con la boca abierta. ¡Qué bonito les pareció todo!, plantas desconocidas, rocas de color rosa, seres extraños que no habían visto nunca. Pasearon un rato observándolo todo pero, de pronto, al pasar junto al arrecife,  Delfí distraído,  rozó un coral afilado como un cuchillo y su aleta derecha,  rasgada, cayó al fondo arenoso.
Por el susto y el dolor Delfí empezó a llorar,  era su gran defecto:   lloraba por cualquier cosa. Su amigo descendió rápido,  pero,  cuando ya iba a coger la aleta, pasó un  orondo cangrejo, se la llevó  y escapó corriendo levantando   nubes de arena.  Cuando el pequeño cetáceo quiso darse cuenta el avispado cangrejo,  con la aleta en sus pinzas,  se arrastró  lo más deprisa que pudo.
Pincho le dijo
              -¡No llores, venga!, vamos detrás de él y se la quitamos.
Le persiguieron.  Pincho nadaba agilmente, pero Delfi tenía  mucha dificultad con una sola aleta, y además las lágrimas no le dejaban ver bien. Cuando ya  daban alcance al cangrejo, se les cruzó un enorme calamar, cogió con sus patas la aleta y  nadando rapidísimo se alejó.  Delfi volvió a sus lamentos y sus llantos.
          -¡Ay, ay! Nunca   podremos alcanzarlo.
          -¡Ánimo! no seas llorica- dijo su amigo
Le persiguieron nadando rapidamente, pero, entonces el calamar soltó un buen chorro de tinta; se formó una  nube negra y era imposible verle. Desorientados siguieron nadando y, por fin,  después, de muchas vueltas lo vieron a lo lejos. Pincho, agilmente, le  alcanzó  con facilidad, detrás de unas rocas, estaba el calamar descansando  de su loca carrera.
              -Devuélveme mi  aleta- gritó Delfi-
               -No la tengo. Ha venido Octopus, ese pulpo  enorme,  y me la ha quitado.
En ese momento vieron horrorizados a un gigantesco  pulpo, que salía de un hueco del arrecife,  en uno de sus ocho tentáculos llevaba la aleta,  que había arrebatado al calamar,  y se alejó rápidamente, riendo como un loco.
     -¿Qué hacemos ahora? Yo no puedo perseguir a Octopus –
dijo Delfi desalentado, que un poco más atrás nadaba con torpeza  – él es muy rápido y muy peligroso.
-Bueno, yo sé donde les gusta reunirse a toda la pandilla,
iremos hacia allí, nos esconderemos detrás de las rocas.-dijo Pincho.
Así lo hicieron. Desde lejos vieron a  varios pulpos reunidos y Octopus estaba con ellos.

Pincho le dijo a su amigo:               
- Mira, se ha metido   por ese bosque de  algas altas y negras.
Delfi se quejaba con mucho miedo y temblando de pensar en el enfado de su mamá; estaba muy  cansado de nadar con una sola aleta y tenía que subir a la superficie para coger aire.
Pero Pincho no se arredraba fácilmente.

-         Vamos- dijo -nosotros somos mejores nadadores,  más jóvenes y más rápidos.
Y se dirigió  al bosque de algas, Delfi le seguía  con más dificultad. En  el  fondo de arena, tranquilamente tumbado, estaba Octopus riendo con enormes carcajadas. Ja ja ja ja.
-¿De que te ríes, grandullón? -le gritó Pincho
-Me he contado un chiste que no sabía. Ja ja ja. 
Con gran valentía el pez espada   chilló:
     - Octopus, abusón, devuélvele la aleta a mi amigo.
El pulpo movía hacia ellos sus  tentáculos para asustarlos.
 Delfi temblaba medio oculto detrás de Pincho-
     - Qué  gracioso el pequeñajo, ¿queréis la aleta? pues  pedídsela a esa señora- y con uno de sus tentáculos, señaló un agujero por donde asomaba la entreabierta boca del mas horripilante de los animales del arrecife.
Delfi  estuvo ahora seguro de no volver a recuperar su aleta,
 las morenas le daban asco y terror; pensó en sus padres y en el castigo que le esperaba, y se echó a llorar desconsoladamente.
Pero era difícil acobardar a Pincho.
    - Malvada, dame la aleta de mi amigo o te vas a enterar.
-¿De qué me voy a enterar? ¿A que salgo y te muerdooooo?.- Y abrió su enorme boca negra, llena de afilados dientes.
Delfi asustado decía
-Vámonos, vámonos, que es una bicha muy mala.
-Ven aquí y no seas miedica.- Gritó a su amigo mientras nadaba derecho a la guarida de la temible serpiente. Delfi se acercó un poco, y vio espantado, como su amigo  metía su pico, casi una espada, dentro del agujero  y pinchaba con fuerza a la morena mientras le decía
-         Suelta la aleta, asquerosa, - y la clavaba una y otra vez.
     - ¡Aaaay, ay ¡Quita, quita, no me pinches!
     - ¡Bruja, fea!- pinchaba y pinchaba el pez espada -, suelta  la  aleta.
La Murena sacó toda su cabeza fuera del agujero y  con su enorme boca les  amenazó
     -  ¡Qué buena merienda!
    Pincho se echó  hacia atrás y, reuniendo todas sus fuerzas,    avanzó e hincó su estoque en la boca del repugnante animal
-         ¡Aaaay!- gimió retociéndose de dolor, la desagradable Murena y soltó la aleta arrugada y sucia.
Delfi se apresuró a cogerla y sacudirla.
    - ¡Gracias Pincho, gracias!, siempre serás mi mejor amigo
Los dos nadaron deprisa y llegaron a casa de Delfi. Mamá Delfina se dio cuenta enseguida del estado de su hijo lloroso, cansado y, cuando reparó en la falta de la aleta, empezó a regañarle, pero Pincho  le contó lo sucedido  y disculpó a su amigo, que había pasado muchísimo miedo.
-         No se enfade con Delfi, que lo ha pasado muy mal- y detallaron toda la desagradable aventura.
 La madre, vio tan triste y arrepentido a Delfi, que le perdonó con un beso; lavó, planchó, y cosió la aleta de su hijo, y  les hizo prometer que nunca volverían  al arrecife de coral, sin permiso, hasta que fueran mayores.
    - Lo ves cariño, todo te pasó por desobedecer a mamá.
Delfi asentía con su cabeza, mientras dos lagrimones de arrepentimiento se deslizaban suavemente.




GUINDILLO
o
EL MALHUMOR DE UN DUENDE

La noche cubrió el bosque, todo estaba en silencio y los duendes salieron a estirar sus cortas piernas. Las ramas de los árboles, que hacía unas semanas estaban cubiertas por la nieve, tenían ahora en sus extremos unos pequeños brotes, anuncio de la primavera y el suelo estaba alfombrado con una ligera pelusa verde y tierna.
Pero volvamos a los duendes. Los niños de ahora prefieren los cuentos de indios o deaventutas en el espacio; se han olvidado un poco de esos pequeños seres juguetones de enormes pies y puntiagudas orejas, que salen de noche a pasear a la luz de la luna. Suelen ser traviesos, con mucho sentido del humor y compañeros de los animales del bosque a los que, ayudan siempre en sus problemas, usando poderes mágicos.
Topacio y Guindillo eran dos duendes muy amigos, inseparables, pero muy distintos en todo. Guindillo era delgaducho, con la cara amarillenta y un poco bizco. Tenía una enorme boca de oreja a oreja, que hubiera estado  graciosa abierta en una sonrisa, pero nadie vio jamás una sonrisa en la cara de este duende. No se sabe porqué[1] extraña razón, Guindillo estaba siempre de mal humor, y además le disgustaba todo lo que fuera tierno, suave y dulce. Sentía un asco especial por la primavera y no soportaba el canto de los pájaros.
Vivían en el bosque el ruiseñor con su familia; la oropéndola, muy tímida siempre escondida en las ramas más ocultas; la graciosa alondra… ninguno era de su agrado, ni siquiera el pequeño petirrojo, tripudo y sociable. Guindillo llevaba siempre consigo, escondido en las profundidades de sus bolsillos, un enorme tirachinas que él mismo se había fabricado con una fuerte rama de roble.
Le gustaba trasnochar y al llegar el alba, cuando los pájaros con su canto saludaban al nuevo día, al duende, que aún  estaba roncando, despertaba enfadadísimo,  con una expresión desagradable en su fea cara, tensaba la goma y ¡plaf!: un pequeño cantor tenía que ser asistido en la clínica. Era además, este duende, tristón y pesimista. Vestía siempre de morado, su color preferido, y cuando paseaba por la pradera junto al pequeño arroyo, iba aplastando las  florecillas con sus enormes botas de fieltro rojo. Su único amigo entre las aves era Wifredo el búho. Muy comprensivo, con las ideas de los demás, como todos los sabios, soportaba pacientemente el rechazo a la belleza y los gustos siniestros de Guindillo. Hablaban los dos, durante la noche, de astronomía y meteorología. Don Búho prefería el tema de las estrellas, pero el duende se entusiasmaba con las tormentas, los vendavales y los tifones.
Quizá lo único bueno que Guindillo había amado en toda su vida, era su amigo Topacio. Era pequeño y gordito, con  una cara redonda, sonrosada y  unos alegres ojillos negros. No estaba ni más ni menos arrugadito que cualquier otro duende, aunque la verdad es que era viejísimo. Se conocía su edad por la barba blanca, que le llegaba a la cintura. Topacio se sentía muy orgulloso de ella; todas las mañanas la peinaba con esmero y la perfumaba con extracto de tomillo. El duende llevaba siempre un gorro de color amarillo fuerte, que destacaba entre el verde oscuro de los arbustos, y calzaba unas preciosas botas de fieltro bordado en sedas de colores, que le había regalado un mandarín de la China, en pago de un gran favor. Topacio era bondadoso, discreto, prudente, generoso, y tenía enormes poderes mágicos, pero su gran amor era la luna.
– ¡Qué preciosa está esta noche, tan redonda y tan blanca!
Y contestaba el malhumorado Guindillo:
– Brrrrrrrrrrrrrr, parece un queso, pero un queso que no sirve para comérselo es una birria, como las amapolas que nacen hoy y mueren mañana, también son…
– Ya, ya –le interrumpió Topacio – para ti todo lo bonito de la naturaleza es una birria. A lo mejor tú tienes lo feo en tus ojos, Guindillo, y estropeas todo lo que ves.
– Grrrrrrrrr –gruñó el duende, pero no contestó.
No sé de donde sacaba paciencia el anciano Topacio para soportarlo. Una y otra vez le daba, dulcemente, buenos consejos y le reprochaba sus feas acciones, sin obtener ningún resultado.
Un año, al principio de un frío invierno, Guindillo bajó al caer la noche en busca de su amigo Wifredo, para charlar con él como otras veces. Don Búho no estaba en casa, asistía a una reunión de sabios y el duende estuvo varias horas esperándole, paseando a la orilla del arroyo.
 A la mañana siguiente se despertó con mucha fiebre y unas horribles anginas. Estaba tan malo que no podía tragar, ni hablar, ni siquiera gruñir. Durante dos días permaneció con los ojos entornados, sofocado por la fiebre; los cuidados del buen Topacio no lograron aliviarle. Don Búho fue a verlo y se asustó de su malísimo aspecto. Había caído la primera nevada del invierno y el viento gritaba en el bosque. Wifredo y Topacio hablaron en voz baja durante unos minutos, estaban de acuerdo en que Guindillo sólo podría salvarse respirando el aroma de un cocimiento de hojas de eucalipto. El eucalipto es un árbol alto,  con unas hojas duras, grises, en forma de cuchillo curvo, que huelen muy bien. ¡Ay,  pero en kilómetros y kilómetros alrededor no existía un solo eucalipto! Topacio quería ir a buscar las hojas, pero su pequeño  cuerpecillo habría desaparecido bajo la espesa capa de nieve. A Wifredo se le ocurrió una buena idea:
– Voy a avisar a todas las aves del bosque, relevándose, no tardarán más que unas horas en traernos las curativas hojas.
Topacio miró al búho con preocupación.
– No querrán ir. Tú ya sabes porqué.
Wifredo sonrió mientras decía con su profunda voz de bajo:
– ¡Claro que irán! Los pajarillos no son rencorosos. Además me respetan y me obedecen.
Mientras tanto Guindillo no se había enterado de nada. Descansaba en su cama de madera, sofocado por la fiebre,  respirando con dificultad, y su enorme tirachinas colgaba siniestramente de una perilla de la cabecera, como si echara de menos sus cacerías de pájaros.
Apenas había comenzado a amanecer, cuando resonaron en el bosque los finos silbidos de la tarabilla; olvidando un momento las bayas y los gusanitos del suelo, con los que se alimentaba, llamaba a una bandada de jilgueros que vivían en los cardos cercanos. Estos, a su vez, con su maravilloso canto, transmitieron el mensaje al precioso herrerillo azul, que estaba como siempre, colgado boca abajo en las ramas de un arbusto. Unos cuantos insectos se libraron de una muerte segura, porque el herrerillo abandonó su desayuno y voló cantando hasta la copa de un álamo, para avisar al rubio pinzón, que estaba ordenando su nido en lo más alto.
En pocos minutos todos los pájaros del bosque conocieron las consignas y trasmitieron a sus alejados parientes, las instrucciones para llevar a cabo la “operación eucalipto”. Volando sobre los árboles nevados, sin pararse a descansar, veinte pájaros de distintas especies, se turnaron en un largo viaje hacia tierras más cálidas donde crece ese bonito árbol medicinal.
A la mañana siguiente, muy temprano, Wifredo, rompió su costumbre de no salir de día, y  voló  a la casa de los duendes llevando en su  pico un haz de hojas de eucalipto. Topacio casi se abalanzó sobre él y, juntos en silencio, prepararon el aromático cocimiento. Unos momentos después, el puchero de barro humeaba en una esquina de la habitación, un agradable olor fresco y penetrante se extendió por toda la cueva, el aire se hizo fino y puro. Lentamente la respiración de Guindillo se tornó suave y acompasada.
Al llegar la noche abrió los ojos y miró a su alrededor, pero no dijo nada. Topacio le preparó una taza de leche caliente y el duendecillo la bebió sin dificultad. Después, volvió a cerrar los ojos y durmió tranquilo toda la noche.
Con los primeros rayos del sol llegó el canto de los pájaros a los oídos del duende, que fue despertando poco a poco. Se acordó de pronto de su mal genio y quiso levantarse de la cama gruñendo, pero aún estaba muy débil, y tuvo que dejarse caer pesadamente. Topacio aprovechó aquel momento para hablarle con dulzura.
– Has estado muy malo, creí de veras que ibas a morirte.
– Grrrrrrrrr, así te hubieras quedado tranquilo de una vez ¿no?
– No me digas eso. Sabes que te quiero como a un hijo, como a un nieto.
– Brrrrrrrrr, brrrrrrrrrr. Lo sé, lo sé.
– Te hemos cuidado Wifredo y yo.
– Sois unos buenos amigos –dijo secamente el duende.- ¿Huele a eucalipto?
–Sí,  hemos mandado traer unas hojas. Había tanta nieve en el bosque que era muy difícil viajar.
– Entonces, ¿cómo las habéis conseguido? –preguntó intrigado Guindillo.
– Todos los pájaros, de acuerdo, volaron relevándose durante horas y horas.
– ¿Has dicho los pájaros…? Los cuervos ¿quizá?
– No, no, los pajarillos. El tordo, el mirlo, el verdecillo, la oropéndola, el pinzón, el herrerillo… no puedo nombrártelos a todos, ¡han sido tantos!
Topacio no sabe explicar lo que pasó en ese momento. Guindillo le escuchaba asombrado, y mientras iba oyendo los nombres de todas las aves, algo extraño y dulce cruzó por su cara de duende malhumorado, una amplia sonrisa entreabrió su boca y por primera vez, lució la blancura de sus dientes. Ya no tenía los ojos bizcos y estaba casi guapo.
– Llámalos, llámalos –dijo, y le temblaba la voz.
– ¿A quienes? –preguntó, haciéndose el tonto, el duende viejecito.
-- A los pajaritos. Quiero darles las gracias y pedirles perdón.
Momentos después, las notas de un delicioso concierto sonaron en la cueva de los duendes. Nadie había escuchado jamás el canto del ruiseñor unido al de la calandria, ni volverá a oírse nunca el dúo de verdecillos y mirlos, jilgueros y alondras…
Todos los habitantes del bosque comentaron  el cambio de humor del duende Guindillo. Unos decían que lo había logrado la paciencia de Topacio; otros que fue la sabiduría de Wifredo; algunos dijeron que era una propiedad desconocida de las hojas de eucalipto. Seguro que todo esto, ayudó mucho a dulcificar el áspero y desagradable genio del duende, pero yo creo, que fue la buena acción de los pajarillos del bosque, lo que ablandó el corazón de Guindillo.
Cada año a la llegada de la primavera, el duende pasea por la orilla del arroyo, escuchando encantado ese ruidito fresco que da ganas de beber, se emboba con el canto del jilguero, camina de puntillas para no aplastar las bonitas amapolas, y  hay quien dice, que está enseñando a silbar a la tímida oropéndola.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.




A M I N A
Nieves D. Taboada (España, 1934)
Érase una vez una niña llamada Amina que, como otras niñas, tenía un padre y una madre que la querían muchísimo, una abuelita que le contaba preciosos cuentos de países lejanos y un hermano que aún no sabía hablar bien. Vivía en una casa pequeña, iba al colegio, estudiaba y jugaba con un montón de amigos y amigas, pero, sobre todo, le gustaba leer y pasear por el campo.
Esta historia sucedió hace muchos, muchos años, en un país muy lejano. En la ciudad donde vivía Amina todo el mundo estaba triste porque no había pájaros y en los jardines no se oía un solo trino.
Los más viejos decían que habían oído contar a sus abuelos que hacía mucho tiempo, palomas, golondrinas, estorninos y gorriones anidaban en los aleros de los tejados y en los parques se podía ver mirlos, jilgueros, pinzones, herrerillos, colorines…
 
 
 
 
Pero no se sabe si por una enfermedad, una epidemia o quizá un extraño hechizo, todos los pajarillos huyeron a un bosque lejano. Allí, a ese bosque lejano, iban los criados del rey a capturarlos con enormes redes y llevarlos a la ciudad. Los asustados pajarillos se escapaban como podían, una y otra vez, y, si los metían en jaulas, los pobrecitos aparecían muertos al día siguiente.
Todos los habitantes deseaban ver en el cielo el vuelo de los pajarillos y oír sus trinos al despertar, pero nadie sabía cómo resolver este problema.
Amina miraba muchas veces en un libro los dibujos y las fotografías en color de los pájaros y los distinguía perfectamente. Y un día dijo a sus padres:
–Me gustaría ir al bosque y hacer que vuelvan los pájaros.
–Tú eres muy pequeña –respondió su mamá–, ¿cómo vas a hacerlo?
–Se lo preguntaré a la abuelita, que sabe muchas cosas.
–Los mejores cazadores del Rey no lo han conseguido. Qué va a saber la abuela.
Pero Amina un día se lo dijo a su abuelita y ella le aconsejó que fuera a visitar a Tana, una amiga suya, mucho más vieja que ella, que vivía en las afueras de la ciudad. Tenía fama de sabia y muchos vecinos le pedían consejo. La niña convenció a su madre para que le dejara ir a visitar a la anciana.
Llegó a la pequeña casita rodeada de árboles frutales y llamó varias veces, pero nadie le abrió; empujó suavemente la puerta y encontró a Tana, echada en su cama porque estaba enferma. Amina empezó a contarle por qué había ido, pero a la anciana se le cerraban los ojos de cansancio y le dijo:
–Hija mía, me encuentro mal, ni siquiera he comido. Vuelve otro día y te atenderé con mucho gusto.
–No –dijo Amina–, yo me quedaré a cuidarla hasta que esté buena. Ahora le voy a hacer una sopa riquísima. Ya verá qué bien le va a sentar.
–Gracias, gracias, veo que eres una buena niña.
Dos días después Tana, ya curada, escuchó la petición de Amina y le dijo:
–Eres muy valiente, pero no te creas que es fácil lo que te propones. Por haber sido tan buena conmigo te voy a dar unos trucos para ayudarte en lo que quieres hacer
–¿Qué trucos? –se impacientó la niña.
–Piensa en esto: Los servidores del rey han traído los pájaros a la fuerza.
Silbó dos veces y apareció en la cocina un precioso conejo blanco de angora, tenía tanto pelo que parecía una bola blanca y suave, sus gigantescas orejas se movían inquietas y corría muchísimo.
 
–Él te guiará por el bosque y te llevará hasta la ardilla Cucú, que trepa ágilmente a los árboles y conoce a todos los pájaros.
Amina preparó unos bocadillos para ella y comida para que la viejecita descansara tranquila y, dándole las gracias, partió. El conejo iba delante, pero caminaba a grandes saltos y Amina casi no podía seguirlo. Durmieron en una cueva y por la mañana, muy temprano, el conejo la llevó a ver a la ardilla. La encontraron royendo una nuez, sentada al pie de un nogal. Era muy graciosa, con los ojillos vivos y su vistosa cola más grande que ella.
 
El conejo blanco era muy buen amigo de ella y se saludaron, contentos de verse.
–¡Hola, Cucú!, qué raro que no estés subiendo y bajando, como siempre –dijo el conejo
–Es malo comer y saltar a un tiempo –respondió la ardilla–. A mí también me parece raro que no estés zampando una enorme zanahoria –y los dos se reían–: Ja ja ja, je je je.
El conejo le explicó lo que quería la niña y Cucú le contestó que la ayudaría con una condición, “que las cosas se hagan como se deben hacer”.
Amina se quedó pensando profundamente en las palabras de la vieja Tana y en las de la ardilla Cucú: ” Los criados han usado la fuerza”. “Hay que hacer las cosas como se deben hacer”.
La niña dijo a Cucú:
–Voy a pedir por favor a los pajaritos que vuelvan a mi ciudad, porque todos estamos tristes sin sus cantos. Queremos despertar con sus trinos y oírles por la tarde despedir al sol, y que sus plumas de colores adornen nuestro árboles
–Así, así –decía Cucú mientras saltaba nerviosamente de un arbusto a otro-, yo te ayudaré, yo te ayudaré.
Al poco tiempo de emprender su camino por el bosque, oyeron los trinos de la alondra, el pájaro más madrugador. La ardilla subió ligera por el tronco de un altísimo álamo y saludó a los pájaros.
–¡Hola!, mamá alondra, papá alondra. ¡Qué preciosos polluelos! ¿Querrían ustedes ir a la ciudad de Amina? Está deseando que canten las alondras en sus jardines.
 
Y desde abajo Amina gritaba:
–¡Por favor, por favor, preciosa alondra! ¡todos estamos tan tristes sin pájaros!
Las alondras dijeron que sí, dejaron sus nidos y echaron a volar tras ellos.
El cuclillo estaba en lo alto de las ramas con su característico canto “cucú, cucú” y la ardilla daba vueltas desorientada, mirando a todos lados
–¿Quién me llama, quién me llama? ¡Oh!, es usted señor cuco ¡Qué simpático canto! –y trepaba deprisa por el tronco. Amina le rogaba que les siguiera.
 
Así durante todo el día Cucú, incansable, subió y bajó de los árboles, y el conejo buscó entre los juncos a la orilla del río o en los matorrales del monte. Llamaron a la oropéndola, el verderón, el mirlo, el jilguero, el colorín, el petirrojo, mientras la niña pedía por favor que les acompañaran.
 
 
 
Todos volaron tras ellos formando una deliciosa algarabía. Cuando ya oscurecía y los pajarillos callaron, se oyó el trinar del ruiseñor. Amina, Cucú y el conejo no se atrevían a hablar maravillados por la belleza de su canto.
Cayó la noche, hacía un poco de frío. Amina abrazada a su conejo blanco, llegó al pie de un árbol donde estaba el señor búho, con sus enormes ojos abiertos, muy quieto y pensativo.
–”Uh, uh” –ululó, y la niña pensó que era un saludo bien bonito. Cucú repitió la invitación, mientras Amina suplicaba:
–Por favor, señor búho, nos gustaría tanto que honrara con su sabiduría nuestras noches –El búho abrió sus grandes alas y levantó el vuelo dispuesto a seguirlos.
Volvieron cansadísimos a la casa de Tana. La niña le contó a la anciana todo lo sucedido y después pudo descansar, arropada en una cama, mientras todos los pajarillos dormían apiñados en los árboles del jardín.
A la mañana siguiente, Amina se levantó muy temprano, dio las gracias a Tana por sus consejos y le prometió visitarla con frecuencia. Se despidió con muchos besos de Cucú y del conejo blanco, diciéndoles que eran sus mejores amigos y, seguida por el vuelo de cientos y cientos de aves, entró en la ciudad.
Sus padres –que ya estaban un poco preocupados– la abrazaron muy contentos.
–Lo has conseguido, lo has conseguido –decían emocionados mientras la llenaban de besos.
Los trinos despertaron al Rey. Se asomó a la ventana y vio pasar bandadas de pajarillos que cruzaban el cielo. La alegría no le dejaba hablar.
–Id enseguida a ver qué ha sucedido – pero la noticia ya había corrido por toda la ciudad
–Señor, una niña ha logrado que los pájaros vuelvan.
–¿Una niña? Traedla a mi presencia inmediatamente.
Amina, acompañada de sus padres, entró tímidamente en la sala del palacio real.
–Acércate –y el monarca la besó con cariño–. ¿Cómo te llamas?
–Amina.
–Explícame cómo has conseguido traer tantas aves,tú sola, sin trampas ni redes.
–Señor, simplemente, se lo he pedido por favor.
–Claro, claro, se lo has pedido por favor. ¡Qué lección nos has dado! Estoy muy contento  y quiero hacerte un regalo ¿qué quieres?. Pídeme lo que desees y te lo concederé.
Amina no quería nada, pero como el rey insistía, le pidió un vestido de princesa. Se lo trajeron enseguida. Era de color marfil, adornado con seda turquesa y delicados encajes, un broche de perlas en la cintura, y un largo velo de tul dorado.
Amina, muy contenta, le dio las gracias al Rey.
Y viendo el rey que la niña no era ambiciosa ni egoísta, regaló a la familia una bonita casa con un jardín lleno de árboles, donde por siempre cantaron los pájaros.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.






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