jueves, 23 de julio de 2020
¡QUÉ INVENTO!
Para todo, para todo, quizá no, pero para la mayoría de las situaciones de nuestra vida necesitamos un toque musical que anime, suavice, entusiasme o sosiegue, y tenemos la suerte de que lo hay para cualquiera que sea nuestro estado anímico. ¡Qué invento!
En ese pastoso día gris donde una o varias preocupaciones se han quedado pegajosas y ha sido imposible disolverlas, si damos con la música que, como un fármaco milagroso, relaja los músculos, centra los pensamientos, ordena en fila el batallón de las ideas y, por último, aclara todo, llegaremos donde la luz es afilada y blanca y todas las nubes incorpóreas, transparentes. ¡Allí es muy probable que esté Mozart!
La música es superior a cualquiera de las otras bellas artes. Este sublime don de componer música lo tiene un muy reducido tanto por ciento de personas, un privilegiado batallón que lleva siglos dejándonos su generoso legado de momentos felices.
Hablo de la gran música porque, lo mismo que no están en los museos los deliciosos garabatos del niño que descubre su capacidad de expresarse, tampoco hay que subir al podio a los tarareos y canturreos con los que cualquier ciudadano mata el aburrimiento la tarde de un domingo lluvioso, soñando que crea, y después machaca inclemente nuestros pobres oídos.
No sé en qué voluta de nuestro cerebro está escondido un lugar de serenidad y sosiego, que todos deseamos y buscamos sin mapa ni brújula, y quizá sea solo el trailler de la felicidad a la que estamos destinados. La música tiene allí un importante papel, porque nadie podría imaginar la vida futura, que esbozamos plena de placeres para los sentidos, sin que estuviera envolvente la música como principal delicia.
Yo creo que Dios nos regaló la música compadecido al ver a Adán y Eva, el día aquél, dejar el Paraíso por su torpeza, tan solos y desvalidos cuando se cerró el portón a sus espaldas.
Porque la música, hasta la más ingenua y primitiva, lleva un soplo inmortal y divino que nos asciende.
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