A DESTIEMPO
No podemos negar a la vida llamémosle sino, destino o
como prefiramos, su imaginación para proporcionarnos sorpresas, por suerte no
siempre desagradables.
Cuando la edad
obliga a un pausado reposo propicio a la lectura serena y la escucha de
música placentera; cuando la
espera puede convertirse en agradable sin
pretender retar a la realidad del deterioro físico, cuando se tiene la
sabiduría de gozar del tiempo libre gastándolo en lo que apetece y se goza con el diálogo amigo, resarciéndose así de las horas dedicadas
al cumplimiento de normas y deberes aborrecibles, entonces aparecen acontecimientos que destemplan el ánimo y llenan el pensamiento de angustia.
Es inútil la
desazón, no se nos pide a nosotros la solución ni tan siquiera la
opinión sobre lo conveniente, se nos
da un papel de observadores como en una
película de suspense donde nada de lo que va sucediendo depende de ti, pero sí
sufres la tensión, el impacto visual y
emocional de los impresionantes hechos
que se presentan con crudeza.
A destiempo
aparecen, cuando son menores las energías, cuando ya no ocupas, como en otro
tiempo, un puesto central en el entorno donde los actos tienen lugar, cuando el
incansable corazón se resiente de tantas
emociones y el sueño se enreda ante
los planteamientos complicados.
Aquí está y es preciso
aprender un papel nuevo en la comedia de la vida, con herramientas nunca
usadas y frases ajenas, eso sí
exagerando el eficaz recurso de la
ternura y la sonrisa.
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