HAMBRE
Estamos ya en tiempo navideño y estremece
pensar en aquellas familias con
niños que no tienen posibilidad de
alimentarlos debidamente; pienso que debe ser muy triste para una madre oír a sus
hijos pedir comida, y no tener qué darles. Las personas que pasan hambre en su niñez arrastrarán
durante su vida deficiencias debidas a esta carencia en su niñez del alimento
equilibrado, con proteínas, vitaminas y nutrientes necesarios para su
desarrollo, saber que por la situación económica ellos tendrán dificultades físicas y psíquicas en su vida adulta, me llena de una lejana culpabilidad.
El
hambre es una plaga terrible que
se extiende por todos los continentes y la sufren millones de víctimas. No percibimos grandes esfuerzos realizados por las grandes potencias económicas, que podrían solucionarlo con verdadero interés y mejores programas de cooperación internacional.
Paralelamente, en determinadas fechas comprobamos la paradoja de otro tipo de hambre contagiosa, que se apodera
de las personas después de una estudiada
campaña generalizada de marketing: el hambre de consumir, comprar sin medida, a
lo loco, desenfrenadamente. Comienza con el traspaso a España de una costumbre americana en fecha cercana a la celebración del Independence Day, y se extiende cada año más anticipadamente por los primeros día de Diciembre. He visto a la muchedumbre abarrotar las calles excitada con sus compras, los más ingenuos lo cuentan entusiasmados a los reporteros.
Comprar, comprar, comprar: regalos, caprichos, supuestas gangas, pocas veces objetos de gran necesidad. Se transparenta el cuidadoso manejo de este instinto loco por parte de los genios del marketing.
Desde la distancia de mi tranquilo hogar lejos del contagio de este peligroso virus, observo el fenómeno y me siento libre. Lo triste es que las víctimas desconocen que lo son.
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