Las seis de la mañana es un hora preciosa, cuando nacen los más fértiles pensamientos y los mejores poemas, si se es poeta ¡claro!; pero no me pondré lírica porque, es posible que nazcan también los feos propósitos del malvado. Simplemente las seis es una hora clara, limpia a la espera de la nacarada aurora, cuando pensar es fácil y las ideas son ágiles. La mayoría de las personas se pierden esta hora durmiendo, algunos la sufren mal humorados mientras se asean para ir al trabajo, pero otros la disfrutan por una vulgar necesidad de vaciar la vejiga. El sueño es vago y decide no volver, y con los ojos semi abiertos en la penumbra, el cerebro trabaja con una lucidez que no nos acompañará ya con los ruidos y las prisas del día. El ruido es asesino feroz de la tarea de pensar.
El volcán….pero, después de más de cincuenta días de lava ardiente en la pantallas, ¿usted decide hablarnos del volcán? Sí, pero me refiero a que sin fuego interior nada es. Nuestro planeta está incendiado interiormente por eso subsiste. Un día brota y ruge y nos recuerda que, la entraña viva incandescente mantiene al planeta ahí siglos y siglos.
Pues, un día a las seis, yo amanecí con el incendio del converso. Después de muchos años de rutina en la costumbre religiosa, no diré impuesta, pero sí heredada, el fuego interior, avivado por el soplo del Espíritu, rompió y rebasó el cráter y ya no fue posible contenerlo. Gracias a ello, he sentido en mí el picor del entusiasmo por la palabra incendiaria de un perdedor destrozado en la cruz: Cristo. Ya lo he nombrado y alguno dejará de leer. “¡Vaya, una beata!”. Pues no, el beato es un tibio siempre arropado con sus mantitas. Tibio, ni frío ni caliente, él dijo (ese cuyo nombre quizá usted no se atreve a pronunciar), que a los tibios los arrojará de su boca. En esa tibieza interior con textura de merengue, ni se vive ni se muere, el entusiasmo no existe. Y sé que el entusiasmo es bastante achampanado, y tiende a perder efecto, hay que cuidarlo para que no sea flor de un día, pero sostiene toda idea o creencia que merezca la pena vivirse. Por ejemplo: Ese mandato de amar al antipático vecino, al jefe abusón, al mendigo maloliente, al político totalitario, al amigo traidor y al enemigo, sin desearles mal ninguno. Pero ¿se puede?, algunos dicen que sí.
Son ya demasiados los que cacarean desde los medios, “yo no creo”, con temor de que se les transparente el candor infantil, y pierdan los “me gusta”. Creer no está de moda ni bien visto por los seguidores de una supuesta intelectualidad, escasa de nombres con futuro, tampoco por los políticamente correctos, y menos aún por los seguidores de un nihilismo comodón. Y ¿qué puede hacer un creyente en esta tibia sociedad que envejece arropadita por el civilizado hallazgo del bienestar? Pues esto: escribir en las redes a ver si entre foto y frase, comentario y chiste o profética desgracia reenviada varias veces, algún despistado lo lee y piensa con libertad.
Hay que inventar esperanza para esos ciudadanos atiborrados de Tranquimazín (en el mejor de los casos) que, siempre aburridos vegetan a la busca de “eso” que merezca la pena, y cualquier compromiso lo presienten como una tragedia futura. Son miedosos. Ya no se oyen los gritos de aquellos maltratados profetas de la escritura y escuchan a la chica histérica del norte, a los catastrofistas de distintos colores a las idiotizantes youtubers o se apuntan a los proyectos de futuro de cualquier político insulso.
Y ahora, algunos asustados ante el profetizado apagón, buscan sustitutos de la vitro y el frigo bien provistos de papel higiénico.
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