lunes, 1 de junio de 2020

LA PÉRDIDA

En este mundo  neurótico que nos rodea hay una tendencia a llamar depresión a cualquier estado de ánimo no normal, o mejor no habitual. "Estoy depre" se dice por cualquier nadería. Porque sí es normal sentir tristeza,  frustración, desengaño, nostalgia, duelo, fracaso, culpa, y cualquiera de ellos causa ese estado indefinible de no estar a gusto con la vida.
Ante la trágica presencia  de la enfermedad o la muerte de un ser querido, una grave carencia económica, la separación de la pareja, el paro,  u otros mil problemas y situaciones difíciles que, el rodar de los días nos regala, lo patológico sería  no estar conmocionado.
Lo enfermizo es que, sin nada que parezca justificarlo,   nace una incomodidad que no  permite abstraerse en cualquier actividad. La  falta de atención hace imposible la lectura o el trabajo intelectual, y todas las aptitudes están trastocadas con  la obsesión de ESE problema presentido, deformado  o acrecentado por el miedo. Sin  herramienta a mano para darle solución, el pensamiento se aparta de todo otro asunto, necesidad o placer. Todo se aparca; y se pone obsesivamente  en primer plano el problema que, como un gas se expande y ocupa todos los  compartimentos de la vida, hasta hacerla asfixiante.
 Definen los psiquiatras la depresión  como "sentimiento de pérdida"  y por ello es  tan frecuente en la ancianidad, cuando la mirada a los años pasados los ve sembrados de pérdidas: familiares fallecidos,  disminución continua de capacidades físicas y mentales, deterioro de la belleza corporal, estrechez económica, etcétera. Pero todos sufrimos un cierto estado depresivo congénito; desde la expulsión del Paraíso el  ser humano arrastra esa carencia de patria, esa pérdida de una felicidad  a la  que estaba predestinado. Aletea en el  rincón más hondo de su alma, una  dolorosa nostalgia de un luminoso mundo no vivido.
 Como no  entiendo nada de Neurología, Psiquiatría ni Psicología, desconozco qué condición especial tienen las personas que nunca se sienten deprimidas y reaccionan ante las adversidades con la rabia, la actividad o  un optimismo incluso excesivo para la situación. Seguro que, la química cerebral, la educación, las creencias religiosas o las experiencias vitales, les condicionan para esta reacción activa,  aunque no siempre resolutiva,  llena de potencia y de vida.
 En estos  momentos con la llegada de una pandemia mundial, que ha causado pérdidas de gran calibre y  trastocado todos los ritmos de vida habituales, incluso a los más reacios a la depresión nos ha causado un estado de baja y desconcierto. Los  activos, los creativos, los artistas, los solidarios,   aportan sus cualidades e inventan actividades, canciones, chistes, ingeniosas maneras de comunicar alegría, formas de ayudar, y nos han hecho las horas más cortas.
Pero dicen los psicólogos que el sueño, la memoria y algunas capacidades cognitivas se han visto mermadas; y no solo por situación personal, sino también por un sentimiento de  grupo,  ante  la cercanía de la muerte y la limitación  de libertades en el  encierro, que contagió  una angustiosa sensación de pérdida.

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