sábado, 22 de abril de 2017
UNA FEA MUECA
No vi el golpe ni siquiera lo oí. En lo alto del cambio de rasante apareció de pronto la tremenda imagen como en una pantalla: los dos coches descolocados de su lugar a escasos metros de nosotros. A la izquierda uno, pequeño, destrozado con la puerta desvencijada, tenía en el cristal del parabrisas un enorme agujero redondo. Toda la carretera estaba sembrada de pequeños trozos de quién sabe qué piezas irreconocibles, de tan pequeño tamaño que hablaban de la violencia del choque. El humo coronaba el destrozado motor, del cual se escapaban unas culebrillas de aceite y agua. Delante de nosotros, muy cerca, el mercedes, oscuro y digno, conservaba su apariencia de coche. La blanca flacidez de los airbag deshinchados asomaba por las puertas abiertas de los dos vehículos.
Varias personas acudieron a ayudar a los ocupantes. La conductora, única pasajera del coche pequeño, derrumbada sobre el asiento de la derecha, estaba muerta. El enorme hueco en el cristal lo había abierto su cabeza en el alocado adelanto indebido, sin cinturón de seguridad. Los dos ocupantes del Mercedes, magullados, con alguna fractura, aún desorientados se comunicaban por el móvil con sus familiares. Los minutos se hacían eternos, no aparecían policías ni ambulancias. El conductor del vehículo que iba a ser adelantado, un joven de chandal verde, se desesperaba inquieto, parecía rezar y llorar mirando al cielo, se cubría la cara con las manos. Al fin un bombero y dos sanitarias fuera de servicio, acudieron corriendo..., nosotros continuamos nuestro viaje.
Después de un maravilloso día de sol y campo, la muerte nos había hecho una fea mueca, solo unos segundos nos evitaron el fatal protagonismo en la tragedia. Volvimos temblorosos, impresionados, rezando serios por la víctima.
Unos días después los periódicos e informativos nos dieron fríamente el número de las víctimas mortales en los accidentes de circulación de la semana santa: 29.
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