Los revolucionarios franceses gritaban : Libertad, fraternidad, igualdad. La libertad es el primer deseo humano. Atado por tantas imposiciones biológicas, limitado irremediablemente, grita a los que tienen en sus manos coartar su libertad con las normas y las leyes, para que no exageren sus inevitables limitaciones. Pero, uno de los más grandes placeres del hombre es el Poder. Por ello aspiran muchos a puestos de jefe laboral o gobernante, que les da derecho a someter a los demás a sus decisiones; les satisface que dependan de ellos y les gusta obligar a formar la vida a sus ideas, deseos e intereses. Es por ello necesario gritarles frecuentemente e intentar mermar su capacidad de poder.
El otro grito resulta novedoso en aquél tiempo: Fraternidad. Si los hombres exigen como un derecho que los poderes públicos les reconozcan su condición de hermanos, será porque consideran que todos somos hijos de un mismo padre. Para un creyente y más si es cristiano esta relación fraternal es un mandato divino que prohíbe dañar al otro y obliga a la atención al más débil. Europa está construida sobre estos pilares cristianos.
La relación de hermanos es de amor, no jerárquica y lleva por tanto consigo la igualdad, el tercer grito: por la fraternidad tenemos la misma categoría y exigimos de las normas y las leyes; mejor decir equidad de derechos y obligaciones, no igualdad, porque somos distintos dentro de nuestra semejanza biológica por pertenecer a la misma especie animal.
Se extiende hoy cómodamente, una torcida concepción del término Libertad, que lleva consigo gran confusión. Es evidente en los humanos, respecto a otros seres vivos, la gran diversidad y la diferencia entre individuos, aumentada por su complejidad de comportamientos sociales y culturales. Nada más idéntico a nuestros ojos, que dos hormigas del mismo grupo, sin embargo un entomólogo nos haría ver sus diferencias. Macho hembra sí que son claras en todo el mundo animal y en los humanos especialmente, no reduciéndose solo a lo biológico obligados por sus función sexual, sino también en lo social e intelectual ya que tienen distintas maneras de vivir y comprender la realidad.
Hay hoy una perversa y sigilosa intención de igualarnos, y se muestra en algunos grupos sociales y políticos, que aceptan y aprueban una abyecta intención de destruir al ser humano. Este proyecto comienza por la disolución de la pareja varón y mujer, difuminando primero las diferencias del aspecto físico, después en el vestido, poco a poco en la educación de los niños, confusión de la sexualidad, desprecio a la misión familiar, imposición en las profesiones, en las costumbres.... Nos preguntamos quién mueve estos hilos, ante la evidencia de una ideología cuidadosamente diseñada, que lleva más de un siglo infiltrada con eficacia en nuestra sociedad, sobre los presupuestos de algunos filósofos. del siglo XX . Están bien patentes los resultados: La natalidad baja, el aborto es un derecho, los jóvenes ya no forman familias si no parejas temporales, el deseo sustituye al amor, el placer al compromiso, se intenta eliminar a los inválidos y a los ancianos para matar la relación de compasión, como gustaba a Nietzsche. Todo envuelto en una capa etérea de universal amenidad y fácil convivencia. Nos preguntamos, repito, estupefactos: ¿Quién puede ser el ideólogo de esta siniestra campaña, que ya se impone en el mundo y se ha hecho políticamente correcta? ¿A quién puede interesar si todos, como humanos, podemos ser dañados por ella?
Y cuando algunos se den cuenta y quieran poner remedio, será demasiado tarde.
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