Llevamos dos años sometidos a situaciones no esperadas, que hacen temblar los palos del sombrajo que acoge nuestra tranquila y monótona vida. Una pandemia universal tarda mucho tiempo en reaparecer, no viven quienes puedan darnos consejos para afrontarla; lo mismo pasa con la proximidad de una guerra, que amenaza convertirse en mundial. Todos los acontecimientos de nuestra vida que son, o lo han sido, vividos por millones de personas, como problema humano universal, merecen ser analizados y sometidos a crítica y estudio por cada uno de los individuos, que los soportamos.
Ahora se presenta un debate aparentemente menor, pero tiene a mi parecer un importante aspecto: la elección de llevar o no llevar la mascarilla, que se deja a la decisión responsable de cada una de las personas. Así debería ser siempre, pero dos hábitos adquiridos lo impiden, el de quienes no se rigen más que por el capricho, sin valorar sus deberes de ciudadanos e incluso tienden a incumplir la norma por el gusto anárquico de desobedecer; y por otro lado la pulsión de imponer, y su contraria prohibir, habitual en los gobernantes baratos y frívolos.
Cuando surge el debate sobre temas o acontecimientos muy importantes, es difícil conocer opiniones diversas profundamente meditadas sobre los hechos. Las personas en su mayoría, exponen su opinión con excesiva presencia del yo, mi, me, para mi, conmigo, que impide el análisis mental objetivo de un acontecimiento, sin carga emocional; el impacto causado por la situación crea un subjetivismo influido por su entorno familiar y social y de los medios de comunicación.
Se llega a la conclusión de que la mayoría de la gente prioriza sus sentimientos y emociones, pero teme pensar, analizar, juzgar, discernir, ignoro si es porque no sabe, no puede o no quiere.