lunes, 11 de octubre de 2021

EL ÍDOLO (Escrito en agosto)


Hace tiempo que pienso  en  la laboriosa tarea de la formación, desde la niñez, de un individuo útil a la sociedad y capaz de ir con la fuerza de su voluntad  completando su propio perfeccionamiento en todos los aspectos de la personalidad.  Es semejante a la talla trabajosa de una escultura en mármol, en piedra o cualquier material duro y difícil de modelar. Los padres y los educadores pretenden estimular en el niño el esfuerzo del aprendizaje  e incluso la renuncia al juego o el placer,  cambiándolo por la promesa  de la consecución de  brillantes notas,   los títulos académicos, y más tarde el éxito profesional, la fama de un nombre como primera figura científica o literaria. El atleta, el cantante, el intérprete de un instrumento, el bailarín,  todos los profesionales se someten a un tenaz  periodo  de perfeccionamiento para conseguir las metas propuestas, o mantener las conseguidas. 

 Hoy  han surgido las figuras sin méritos especiales presentes en la televisión o en el mundo inabarcable de las redes, que se sienten importantes  por sus  miles de seguidores imantados con la obsesión de los grandes números.

Poco a poco el amor propio va haciendo de nuestro yo  un ídolo al que servir.  Desde el juego de la adaptación al modelo social que suscita interés y admiración, hasta en el plano personal y familiar, intentamos la buena imagen a través del vestido, el rostro, el cabello, el buen estado físico no solo por salud; exhibimos nuestras vistosas cualidades, no frecuentes, de erudición,  humor  e ingeniosidad, para crear un campo de atracción y admiración , fomentamos la adquisición de habilidades verbales que generan la simpatía y el reconocimiento del entorno, todo, para  ser valorado, apreciado, preferido, elegido como amigo, al fin de alguna manera, querido. Esto aviva nuestra vanidad y amor propio. 

 Incluso en la vida de un generoso donante, o mecenas,  que renuncia a parte de su disfrute del dinero para entregarlo a los demás, se presenta  la remuneración del agradecimiento de los amigos y beneficiados y, en más alta escala, la siente el filántropo, al que se siente pagado con el reconocimiento de  la sociedad, como una persona digna de distinción y homenaje.                    

El amor propio es insaciable,  lo vemos y lo comentamos de  alguna figura del mundo del espectáculo premiado por el electrizante efecto de los calurosos  aplausos en directo, “está endiosado,” decimos. Me niego a hablar de los políticos, que lo avivan en alto grado, porque  el poder les emborracha.

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En el mundo religioso y espiritual se infiltra este sentimiento,  traspasando a veces, al amor a la obra e incluso  a la norma. El santo hábito, la santa regla, suelen decir los frailes y monjas y en algunas asociaciones religiosas  se habla  más de sus nuevas fundaciones y consecución de prosélitos que de Dios, enamorados de sí mismos en la obra grandiosa que han conseguido y olvidando a su  principal artífice: el Espíritu Santo.  El amor propio es proclive a la comparación y consecuentemente a la crítica de otras personas u obras semejantes y  acaba destrozando el valor espiritual de lo realizado y desfigura el espíritu inicial de la buena intención, por esta  idolatría de sí mismos.

Este fue el caso del mandato del sábado en la ley judía, Jesús intenta hacerles ver  que ellos lo aman porque es obra suya, se identifican con ella, el poder de prohibir les hace importantes superiores  y se sienten orgullosos, no por lo que se instituyó: el fin de la semá,  la gloria de Dios y el bien del hermano. “El rígido aferramiento a su ley es la idolatría, que impide  al pueblo judío reconocer en Jesús al Mesías profetizado en las escrituras".   

 El seguidor de Cristo tiene que tener mucho cuidado con esta nebulosa adoración de sí mismo a través de las obras buenas realizadas, donde cada  acto de piedad o cada obra de caridad con el hermano, es seguido de la subida al podio para la propia imposición de una brillante medalla.

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