miércoles, 13 de octubre de 2021

SILENCIO

 Uno de los bienes más caros, y más difíciles de conseguir en la sociedad de hoy, es el silencio. Resulta  contradictorio que en el llamado estado del  bienestar, del que tan orgullosos nos sentimos, no se haya conseguido este bien esencial. En el campo los ruidos de la naturaleza son agradables, cuando está en calma, y  resultan compatibles con el silencio interior; no, claro, si la naturaleza se enfada: el mar embravecido, la tormenta, el viento huracanado, el rugido del volcán en erupción nos  estremecen y dificultan la concentración y la paz.   En la ciudad todo son ruidos, apenas amanece  el despertar del hombre deja su presencia en el aire, con todo tipo de  ellos. Los vehículos de transporte, los semáforos con su pitido, las sirenas de bomberos y ambulancias, los aviones, las reparaciones de las aceras y de las conducciones de agua y electricidad  que, incomprensiblemente, se realizan todos los años;   las perforadoras manuales  producen un ruido acompañado de fuerte vibración muy difícil de insonorizar,  además causan daños a los operarios que las manejan, en los riñones, oídos y retinas, ahora empezamos a ver las mecánicas, que todavía hacen más ruido, pero nos dejan tranquilos respecto a la salud de los que las manejan . Para superar los ruidos,  las personas hablan forzando el tono de voz y aún cuando se hable bajo, se forma una espesa nube de murmullos entretejidos,  especialmente molesto en el interior  en una sala con más de diez personas. A todos los ruidos señalados, se añade el de las obras en las viviendas; antes una casa señalaba su precio por el número de habitaciones, hoy no, los nuevos propietarios quieren  tirarlo todo,  dejar  espacios abiertos para jugar a que poseen enormes casas, aunque no se perciba más que en el descomunal salón,  en un pisito de unos cien metros cuadrados. 

Si ha soportado usted alguna vez una obra integral en el piso inmediatamente superior, es decir la demolición de paredes y conducciones, ventanas y todo tipo de albañilería, para dejar el espacio solo con el forjado, sabrá de que le hablo. El vecino de abajo se siente perforado desde el cerebro hasta los intestinos,  pero hay permiso y si hay permiso hay derecho y si hay derecho la única solución es abandonar la vivienda por unos meses o comprar unos carísimo cascos auriculares insonorizados que,    con ayuda del  blutoot, le trasladen al paraíso de la música. Claro que  dejará de oír la puerta, el teléfono, la agradable conversación de su pareja, y los gritos de  auxilio de algún  vecino en peligro de incendio, si se produjeran.

 Es verdad que el silencio  continuado, y no querido,  llega a ser doloroso, el ser humano se siente sin compañía  y eso no le agrada si se prolonga. Pensemos en  el insoportable silencio de    un preso aislado, eso quizá le consuele de la  agresión de los decibelios.

lunes, 11 de octubre de 2021

EL ÍDOLO (Escrito en agosto)


Hace tiempo que pienso  en  la laboriosa tarea de la formación, desde la niñez, de un individuo útil a la sociedad y capaz de ir con la fuerza de su voluntad  completando su propio perfeccionamiento en todos los aspectos de la personalidad.  Es semejante a la talla trabajosa de una escultura en mármol, en piedra o cualquier material duro y difícil de modelar. Los padres y los educadores pretenden estimular en el niño el esfuerzo del aprendizaje  e incluso la renuncia al juego o el placer,  cambiándolo por la promesa  de la consecución de  brillantes notas,   los títulos académicos, y más tarde el éxito profesional, la fama de un nombre como primera figura científica o literaria. El atleta, el cantante, el intérprete de un instrumento, el bailarín,  todos los profesionales se someten a un tenaz  periodo  de perfeccionamiento para conseguir las metas propuestas, o mantener las conseguidas. 

 Hoy  han surgido las figuras sin méritos especiales presentes en la televisión o en el mundo inabarcable de las redes, que se sienten importantes  por sus  miles de seguidores imantados con la obsesión de los grandes números.

Poco a poco el amor propio va haciendo de nuestro yo  un ídolo al que servir.  Desde el juego de la adaptación al modelo social que suscita interés y admiración, hasta en el plano personal y familiar, intentamos la buena imagen a través del vestido, el rostro, el cabello, el buen estado físico no solo por salud; exhibimos nuestras vistosas cualidades, no frecuentes, de erudición,  humor  e ingeniosidad, para crear un campo de atracción y admiración , fomentamos la adquisición de habilidades verbales que generan la simpatía y el reconocimiento del entorno, todo, para  ser valorado, apreciado, preferido, elegido como amigo, al fin de alguna manera, querido. Esto aviva nuestra vanidad y amor propio. 

 Incluso en la vida de un generoso donante, o mecenas,  que renuncia a parte de su disfrute del dinero para entregarlo a los demás, se presenta  la remuneración del agradecimiento de los amigos y beneficiados y, en más alta escala, la siente el filántropo, al que se siente pagado con el reconocimiento de  la sociedad, como una persona digna de distinción y homenaje.                    

El amor propio es insaciable,  lo vemos y lo comentamos de  alguna figura del mundo del espectáculo premiado por el electrizante efecto de los calurosos  aplausos en directo, “está endiosado,” decimos. Me niego a hablar de los políticos, que lo avivan en alto grado, porque  el poder les emborracha.

------- ------- ------                  --------  -------  -------               --------  --------  ------

En el mundo religioso y espiritual se infiltra este sentimiento,  traspasando a veces, al amor a la obra e incluso  a la norma. El santo hábito, la santa regla, suelen decir los frailes y monjas y en algunas asociaciones religiosas  se habla  más de sus nuevas fundaciones y consecución de prosélitos que de Dios, enamorados de sí mismos en la obra grandiosa que han conseguido y olvidando a su  principal artífice: el Espíritu Santo.  El amor propio es proclive a la comparación y consecuentemente a la crítica de otras personas u obras semejantes y  acaba destrozando el valor espiritual de lo realizado y desfigura el espíritu inicial de la buena intención, por esta  idolatría de sí mismos.

Este fue el caso del mandato del sábado en la ley judía, Jesús intenta hacerles ver  que ellos lo aman porque es obra suya, se identifican con ella, el poder de prohibir les hace importantes superiores  y se sienten orgullosos, no por lo que se instituyó: el fin de la semá,  la gloria de Dios y el bien del hermano. “El rígido aferramiento a su ley es la idolatría, que impide  al pueblo judío reconocer en Jesús al Mesías profetizado en las escrituras".   

 El seguidor de Cristo tiene que tener mucho cuidado con esta nebulosa adoración de sí mismo a través de las obras buenas realizadas, donde cada  acto de piedad o cada obra de caridad con el hermano, es seguido de la subida al podio para la propia imposición de una brillante medalla.