Uno de los bienes más caros, y más difíciles de conseguir en la sociedad de hoy, es el silencio. Resulta contradictorio que en el llamado estado del bienestar, del que tan orgullosos nos sentimos, no se haya conseguido este bien esencial. En el campo los ruidos de la naturaleza son agradables, cuando está en calma, y resultan compatibles con el silencio interior; no, claro, si la naturaleza se enfada: el mar embravecido, la tormenta, el viento huracanado, el rugido del volcán en erupción nos estremecen y dificultan la concentración y la paz. En la ciudad todo son ruidos, apenas amanece el despertar del hombre deja su presencia en el aire, con todo tipo de ellos. Los vehículos de transporte, los semáforos con su pitido, las sirenas de bomberos y ambulancias, los aviones, las reparaciones de las aceras y de las conducciones de agua y electricidad que, incomprensiblemente, se realizan todos los años; las perforadoras manuales producen un ruido acompañado de fuerte vibración muy difícil de insonorizar, además causan daños a los operarios que las manejan, en los riñones, oídos y retinas, ahora empezamos a ver las mecánicas, que todavía hacen más ruido, pero nos dejan tranquilos respecto a la salud de los que las manejan . Para superar los ruidos, las personas hablan forzando el tono de voz y aún cuando se hable bajo, se forma una espesa nube de murmullos entretejidos, especialmente molesto en el interior en una sala con más de diez personas. A todos los ruidos señalados, se añade el de las obras en las viviendas; antes una casa señalaba su precio por el número de habitaciones, hoy no, los nuevos propietarios quieren tirarlo todo, dejar espacios abiertos para jugar a que poseen enormes casas, aunque no se perciba más que en el descomunal salón, en un pisito de unos cien metros cuadrados.
Si ha soportado usted alguna vez una obra integral en el piso inmediatamente superior, es decir la demolición de paredes y conducciones, ventanas y todo tipo de albañilería, para dejar el espacio solo con el forjado, sabrá de que le hablo. El vecino de abajo se siente perforado desde el cerebro hasta los intestinos, pero hay permiso y si hay permiso hay derecho y si hay derecho la única solución es abandonar la vivienda por unos meses o comprar unos carísimo cascos auriculares insonorizados que, con ayuda del blutoot, le trasladen al paraíso de la música. Claro que dejará de oír la puerta, el teléfono, la agradable conversación de su pareja, y los gritos de auxilio de algún vecino en peligro de incendio, si se produjeran.
Es verdad que el silencio continuado, y no querido, llega a ser doloroso, el ser humano se siente sin compañía y eso no le agrada si se prolonga. Pensemos en el insoportable silencio de un preso aislado, eso quizá le consuele de la agresión de los decibelios.