Cambiar el lenguaje es frecuente pretensión de un partido político que aspire al poder o ya lo ejerza. En los de corte totalitario es un axioma.
“Todos y todas” dijo el otro día una ministra. Con un supuesto feminismo, estas personas caen en la necedad del que mira el dedo cuando señalas la luna, no analizan, explican ni argumentan. Sin un previo análisis y raciocinio, demuestran desconocimiento de la lógica y la dinámica del lenguaje, que busca hacerse breve, ágil para su uso y se adapta paulatinamente a los cambios sociales.
Todos pertenece en español al grupo de palabras o pequeñas frases tan inclusivas, que no permiten que nadie quede fuera, todos se refiere a cada una de las personas presentes o aludidas de todo sexo, raza y condición. Lo mismo que “la gente” (femenina acabada en e), "las personas", (femenina plural) o los "seres humanos". Si la susodicha ministra intentaba un lenguaje inclusivo, cayó en lo contrario con una forma excluyente, sacó a un grupo de un todo inclusivo y ninguneó a varios otros referidos en ese “todos. Formando grupitos distintos de personas que sufren alguna discriminación, con una valoración basada en la desigualdad evidente: los mendigos, los inmigrantes, los gitanos, los incultos, los moros, y físicamente: los cojos, obesos, calvos, enanos, zurdos, miopes, homosexuales, tuertos, disminuidos, viejos, etcétera, etcétera, quedarían fuera del todos inclusivo.
En el lenguaje se trasparentan las costumbres y tendencias sociales, por eso ya no usamos la palabra polisón. El gobernante, con brillantes ideas y mucho trabajo, debe intentar cambiar la injusticia de toda marginación y, poco a poco, caerán en desuso viejas palabras, pero no tiene derecho a cambiar arbitrariamente un lenguaje, porque no se le ha otorgado ese poder, ni siquiera a la Real Academia Española; la lengua es del pueblo, que la cambia y la moldea a su gusto según modas e influencias extranjeras, a veces con desorden y error, por influencia de la incultura de políticos, comunicadores y periodistas
En el caso que nos ocupa, algunos, con ideologías totalitarias, nos recuerdan demasiado a ese grupo más peligroso, liberticida, destructivo de los más sólidos valores, al cual denuncia Victor Klemperer, famoso filólogo alemán, en su libro LTI, que deja en evidencia los métodos de imposición de la maldad nazi, por subrepticios caminos secundarios.
Cuando un periodista entrevista a un personaje político que usa el lenguaje diferencial y excluyente (mal llamado inclusivo), debe exigirle en primer lugar que explique los argumentos lingüísticos, ¡por favor no ideológicos! que le llevan a esta duplicidad del género, u otras incorrectas frases. Dada la imposible demostración de su utilidad, y la incapacidad de discernimiento de los que lo emplean, el entrevistador con inteligentes preguntas y sinuosas réplicas, puede lograr que él o la en cuestión, gaste en ello todo su tiempo y nos libre a los lectores, oyentes o televidentes, del cargante rollo- mitin que había preparado el cerebro gris de su grupo político.
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