A pocos puede gustarles este nombre tanto como a mi. Me llamo María de las Nieves y nací en Burgos con nevada. En España tenemos un refrán meteorológico en relación con la agricultura, que promete: "Año de nieves año de bienes". Ojalá sea así, el esperado 2021 se ha estrenado con una desorbitada nevada fuera de los anales de nuestros inviernos, recogidos desde que hay referencias.
La nieve encanta a los madrileños que, suben en invierno al cercano puerto de Navacerrada, bien equipados, a disfrutar de sus delicias y la reciben cariñosamente ese día único del invierno en que cae mansa, adorna los parques, se presta al juego de niños y perros y se derrite dulcemente bajo el habitual sol de Madrid. La belleza de la nieve que se hace la buena, deslumbra la ciudad e invita a revolcarse en su inocente alfombra, desató la euforia y llenó las calles con una festiva alegría acompañada de un sol radiante. El ingenio y la habilidad crearon un humilde museo de esculturas blancas.
Pero esto no, esto no se ha visto en latitudes más acostumbradas a la nieve; la ciudadanía madrileña con sus botas apreskí de última moda, sus tablas, bastones, trineos y su hábito de una nieve amaestrada, se vio atacada por una fiera salvaje que ocupó todos los espacios a su alcance acompañada de una desordenada ventisca. Y claro, sin palas ni cadenas ni neumáticos de nieve, ni botas de ciudad ni máquinas quita nieves ni sal, ni, ni, ni, porque no son previsibles en una zona del país donde esto puede suceder cada sesenta años. Hubo trabajadores que durmieron en sus coche atrancados en las carreteras; desde la noche del viernes los sanitarios no podían volver a casa después de su trabajo ni los del nuevo turno, sin más circulación que el metro. El caos cubrió todo, no abrieron las tiendas, no funcionaron los trenes, y sin transportes de mercancías el lunes los supermercados mostraron el desagradable aspecto de sus estanterías vacías. Los ciudadanos recibieron malhumorados la obligación de limpiar las entradas de sus viviendas y cuidar de que no hubiera caída de nieve desde las cornisas de los edificios. Empezó a faltar la luz, en algunas zonas se helaron las cañerías, se bloquearon las calefacciones, cayeron ramas desgajadas y hasta algún árbol...
Envuelto en el estado de bienestar, cobijado con todo tipo de derechos, seducido por la supuesta protección de un gobierno maternal, el fláccido ser humano de hoy quejoso exigente de soluciones ante los problemas, se ablanda, y olvida que la evidencia de su debilidad ante la naturaleza, con un cierto grado de dificultad o carencia, es lo que ha espoleado a los individuos y ha hecho fuertes y luchadores a los pueblos.
Tras dos noches con muy bajas temperaturas, el hielo invisible y traidor mandó a traumatología a dos mil personas en 24 horas. Como un rayo luminoso apareció la ayuda de los voluntarios, ese pequeño grupo de personas que piensan en el otro. Con vehículos 4X4 llevaron a los sanitarios a cumplir su trabajo, repartieron comida, atendieron a los ancianos, otros auxiliaron a los sin techo para darles calor en el metro, abierto para ellos estas noches, algunos montaron brigadas de limpieza en las puertas de los edificios. Ese es el tesoro de una sociedad civil.
Claro, hoy en las redes la gente empieza a dudar de la belleza de la nieve a causa de esta borrasca, que se anunció- según la necia manía de los meteorólogos -con un nombre de persona, esta vez Filomena, precisamente el 10 de enero, día que la iglesia católica conmemoraba (recientemente fue suprimida del santoral) a una jovencita cristiana, al parecer muy bella, que no accedió a los deseos del emperador y fue martirizada en Roma y arrojada al rio Tíber en el siglo II.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Muchas gracias por comentar. Tu opnión es muy importante.