miércoles, 31 de enero de 2018



DEMASIADO TARDE

He estado leyendo en la Biblia el libro de La Sabiduría. Escrito por un judío culto y helenizado en la segunda mitad del siglo primero antes de Cristo, es por tanto el último del Antiguo Testamento. Su definición de la sabiduría coincide con la de los libros anteriores como el don del conocimiento que  emana de Dios, pero en algunos pasajes la define en sus cualidades como un ser personal, activo, con una actuación distinta  del Dios Padre creador y todopoderoso, cuya figura  estaba bien asimilada por el pueblo judío.
En el libro se vislumbra entre líneas la inspiración de la existencia del Espíritu Santo, que siendo y estando en Dios,  tiene su propia actuación en el plan salvador. Toda la escritura del Antiguo Testamento va llevando lentamente al conocimiento de Dios; no era  tarea menor dar a conocer a un pequeño pueblo elemental, algo tan dificil como la cualidad tridimensional del Dios de los cristianos: Trino y uno; tres personas unidas por el amor y con un papel distinto en la  intervención de la vida de los hombres.
Los judíos esperaban al Mesías, ampliamente profetizado en Isaías, como hijo de Dios y reconocían con ello su cualidad divina. Faltaba pues esta tercera persona a la que nosotros hoy atribuímos entre sus dones la sabiduría, la inteligencia, el conocimiento.
Es extraño que, no siendo en la predicación de las iglesias, temas de este tipo no sean tratados  en los discursos de los pensadores de hoy, ni esté en las conversaciones de las personas que se llaman  cultas.
 La religión cristiana después de unos siglos de  presencia excesiva en la sociedad, ha sido apartada con brusquedad de la vida intelectual y  espiritual. Hoy la gente admira la espiritualidad oriental, tan alambicada  y dificil de asimilar para nuestra cultura y costumbres, y carece en absoluto de conocimiento de lo que constituye el cimiento de toda la  civilización occidental. En Alemania la teología figura en las universidades con rango semejante al de cualquier otra asignatura de la filosofía, aquí, siempre radicales en nuestras posturas, decidimos apartarla para no parecer de derechas o carcas o beatos o fanáticos o qué sé yo qué inventadas etiquetas, que se colocan a las personas con inquietudes religiosas.
Pero hay que ser prácticos: nada hay más importante para todos los humanos que el porqué de nuestra existencia y la posible  vida futura, y sería una irremediable desgracia enterarnos demasiado tarde.

jueves, 11 de enero de 2018


  ESE INCÓMODO  ENERO

A juzgar por los comentarios de las redes sociales y de las emisoras de radio y televisión, lo que más preocupa a la gente, en los primeros días de enero, es cómo perder los kilos ganados.
 Estas fechas  se consideran por tradición de origen religioso, y de convivencia familiar pero, si nos atenemos a los resultados no se entiende muy bien en qué las hemos convertido. Son muchos los que se dejan llevar por un desmesurado apetito y actúan como si sus estómagos hubieran aumentado, previamente, su capacidad y comen sin mesura y sobre todo beben y beben y vuelven a beber,  quizá incitados por el absurdo villancico de "los peces en el río".
 Bueno, pues nada. Se llenan de mala conciencia por esas roscas en la cintura, se matan en los gimnasios, y ahora sí reducen sus comidas y bebidas al mínimo. Enero, ya se sabe, es un mes de estrechez económica y ayuno voluntario, agobiado además por los cambios de las prendas de talla única, que, añadido a la vuelta al trabajo después de unos días de viaje o simple vacación,  provoca una cierta contracción en las caras de mis vecinos. Se saludan con un "feliz año", sí, pero no veo yo que porten mucha de la felicidad que pretenden transmitir.
Por si esto fuera poco, dicen las encuestas que, en estos días se produce un aumento considerable de los trámites para la consecución de la separación o el divorcio. Y para rematar este invierno se ha estrenado con  una gripe especialmente canalla, que  ha llenado las urgencias hospitalarias y aumentado, como es lógico, el malhumosr de las pobres gentes.
 Uno se da cuenta de que, aunque  pretendamos con ahinco ser felices guiados por las tácticas y consejos de  los expertos en autoayuda, cuyo puerco nombre inglés me niego a escribir, la felicidad es volátil y no siempre se consigue a pesar de las fechas señaladas para la inmensa alegría.
¡Ah! yo, para fastidiar,  he perdido unos doscientos gramos, pero no he podido evitar la gripe.