LA VIEJA DAMA
Una vez más ha estado aquí. Siempre nos pilla despistados, entretenidos con la urgencia diaria, ajenos a su presencia constante. Sabemos que está cerca, lo sabemos, pero es necesario ignorarla para trabajar, reír, soñar y vivir cada día. No lloro esta vez al difunto, porque era anciano y bueno, dejaba atrás una vida plena y así, la verdad, es fácil morir. No tuvo dolor ni excesivas horas de hospital, aunque siempre parecen excesivas, y va a refugiarse en los brazos amorosos de Dios, allí donde yo espero impaciente ir.
Me lloro a mí misma, porque los muertos se llevan siempre una parte de ti; se llevan la cita ya imposible, el beso no dado, la conversación inteligente, la risa juntos. ¡Une tanto la risa!
Recuerdo esa última hora con él, tan optimista, sin hacer caso a la enfermera, descuidado y triunfal por haber "superado" el infarto. Y nos engañamos alegres cuando volvió a casa, volvió para morir en el calor de su cama, junto a los suyos...
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