martes, 27 de diciembre de 2016

LA VIEJA DAMA
 Una vez más ha estado aquí. Siempre nos pilla despistados, entretenidos con la urgencia diaria, ajenos a su presencia constante. Sabemos que está cerca, lo sabemos, pero es necesario ignorarla  para trabajar, reír, soñar y vivir cada día. No lloro esta vez al difunto, porque era  anciano y bueno,  dejaba atrás una vida plena y así, la verdad, es fácil morir. No tuvo dolor ni excesivas horas de hospital, aunque siempre parecen excesivas, y va a refugiarse en los brazos amorosos de Dios, allí  donde yo espero impaciente ir.
 Me lloro a mí misma, porque los muertos se llevan siempre una parte de ti; se llevan la cita ya imposible, el beso no dado, la conversación inteligente, la risa juntos.  ¡Une tanto la risa!
Recuerdo esa última hora con él, tan optimista, sin hacer caso a la enfermera, descuidado y  triunfal por haber "superado" el  infarto.  Y nos engañamos alegres cuando volvió a casa, volvió para morir en el calor de su cama, junto a los suyos...

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