sábado, 22 de octubre de 2016
OTOÑO
Llueve. Oigo el repiqueteo monótono en mi ventana y me gusta. No me entristece la lluvia. Regala un poco de melancolía, pero da reposo, apetece el hogar, las cosas tontas que acumulamos sin sentido y forman nuestro rincón: la estantería con los chismes de siempre, el sillón gastado, un libro de poemas, la música que pide ese momento....¡Muy tópico y algo cursi me ha salido el parrafito!
Llueve y en mi pasado hay lluvia. Mi infancia, mi adolescencia, mi primera juventud están en esa lluvia fina y llorona del orbayo, que por lo visto solo cala a los bobos y me caló tantas veces.
En Madrid llueve poco y mal. Las calles no estan preparadas: no hay soportales ni aleros anchos, los sumideros atascados forman charcos incómodos, y la gente tampoco está preparada, los coches derrapan, se enfadan los conductores, suenan las bocinas, resbalan los viandantes, los paraguas con el soplo del Guadarrama se vuelven rebeldes... Un caos húmedo
En Madrid si llueve, mejor no salir. La lluvia hay que mirarla caer por la ventana y oírla desde el sillón, y mañana, porque dura poco aquí la lluvia, saldrá un sol juguetón tras las nubes y se hará dueño y señor de la situación. Madrid se envolverá en su famosa luz de otoño, y todos volverán a estar contentos.
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