Dos meses sin escribir, bueno, sin escribir no, sin escribir aquí. Algo interceptó mi habitual deseo de expresar lo que pienso. Fue el calor quizá . Sí, seguro fue el calor que bloquea mis engranajes, eso lo sé desde que era niña y el verano excesivo, agresivo de Madrid, me hace caer en una indolencia mental y física.
Pues ya estamos en octubre y el calor debería haber huido de nuestra rutina pero no: Ha sido preciso volver a sacar blusas ligeras ya guardadas y disfrutar de un ramalazo de verano para algunos cansino y agobiante y para los amigos del calor deliciosa prórroga.
A mi me gusta el otoño. El otoño de Madrid donde resido tiene fama desde los paisajes de Velázquez. Es dulce, moderado y elegante. No se excede en las temperaturas y la lluvia se agradece tras el desecamiento del verano. El variado colorido de los árboles de hoja caduca, que agotan la paleta de dorados, rojizos y verdes entristecidos, es un regalo para la vista en los paseos por el Pardo y otros parajes. Todo lo contrario de las otras estaciones en las que se muestra temperamental y descarado.
Pero en todo tiempo el viento del Guadarrama, ineducado e inoportuno, se presenta sin avisar y espolea al ciudadano indolente. De aquí procede el genio vivo de los madrileños.
La verdad, no pensaba hablar del tiempo pero, como ha surgido, aquí lo dejo portada de otras páginas con reflexiones, quejas y sentimientos que, espero escribir los próximos meses en este rincón escondido.