Empieza un año y parece que hay que hacer unas cuantos propósitos tontos, que será raro que podamos cumplir. ¿Por qué no el 17 de marzo o el cuatro de noviembre? En el éxito de las propuestas de enero influye el tiempo meteorológico, porque si lo programado es correr seis kilómetros todas las mañanas antes de ir a la oficina, es muy probable que la temperatura cercana a los 0 grados, le obligue a tener en cuenta los caprichos del cuerpo que a lo mejor se niega; otras veces depende de otra persona, por ejemplo: la amabilidad, el atractivo del monitor del gimnasio influirá en nuestro tesón para asistir asiduamente a pilates, y siempre sin confiar demasiado en nuestras capacidades, porque si en cuarenta y tres años no ha sido usted capaz de aprender inglés, es previsible que no lo va a dominar precisamente ese año que encima es bisiesto.
Poner en una lista las cosas que hay que hacer antes de un viaje o veraneo largo, una boda, una señalada fiesta, una mudanza de casa, o una intervención quirúrgica de envergadura, sí me parece la mejor ayuda para conseguir no olvidar nada, no tener retrasos ni apuros de ultima hora, y permanecer relajado como si fuera un hábito diario. Esa puede ser un buen propósito de año nuevo; hacer listas.
Pero hay gente que ya vive sus diarias obligaciones corriendo en lucha con los imponderables: la agenda, el reloj, el tráfico, los móviles, las colas, y se resiste a aumentar su estrés solo por una tradición de primero de año. Si hay que hacer gestiones con la administración, petición de citas médicas u otros trámites, telefónicamente ayudan a aprender composiciones musicales, pero poco más, y por internet, inventado para facilitar las cosas, con códigos, contraseñas, ursl, claves y firmas electrónicas, superarán todo el tiempo necesario para llevarlas a cabo y le mantendrán en la duda de si comienza el alzheimer.
Por cierto, yo que tengo esa buena costumbre de hacer detalladas listas, antes de un nuevo plan, al final siempre me dejo algo . Unas veces ni siquiera lo pongo en la lista, otras, agobiada, lo dejo para la vuelta, a última hora una vez saqué el neceser para incluir algo y olvidé meterlo de nuevo, o por sustituir uno por otro me fui sin camisón o me salté de línea al repasar lo hecho e incluso me auto convencí de que no era necesaria esa prenda, tan fundamental, para evitar el incordio de plancharla.
Es preciso, hay que congraciarse con uno mismo, conocer y aceptar nuestros fallos. Podemos intentarlo, claro, pero sabiendo que somos imperfectos, inconstantes, metepatas, despistados, atolondrados, vagos, desastres,... el que se crea perfecto va a sufrir mucho al primer tropiezo.
Pues eso.