Aquí estamos, no todos en las mismas condiciones. Unos siguen haciendo su vida normal, van a tomar una copa, se reunen con los amigos, abrazan a sus hijos, conviven con su pareja… y se quejan de que no pueden ir al teatro ni viajar. Otros, no nos reunimos con los amigos, no vamos a ningún espectáculo, concierto ni exposición, no abrazamos ni besamos a nadie y mantenemos nuestra salud mental gracias a la lectura, la escritura, la música, la conversación telefónica, alguna película, y la oración. La oración y si alguien lee esto, que lo dudo, habrá enarcado las cejas y releído lo escrito.
Pues sí, la oración, porque ahora hay tiempo para dedicar unos momentos tranquilos a charlar con Dios, ese ser poderoso, fuerza y energía suficiente para crear el universo, al que no abarcamos ni podemos comprender, al que sentimos borroso y lejano, pero lo presentimos Padre bueno.
Se empieza contándole alegrías y tristezas, se pasa después a hacerle preguntas, quejarse de sus silencios, confiarle los secretos bochornosos, pedir ayuda, para las personas queridas sobre todo, y se acaba dando gracias por la salida del sol, el cielo azul, la flor del pruno, el canto de los pájaros, y el cariño recibido, ¡ah!, también por conservar el buen humor en el mundo, a pesar de todo.
Y, ¡haga la prueba! yo me siento atendida y consolada.