Cuando oiga usted esta frase salida de los labios de un gobernante o sospeche la intención aunque no lo diga, échese a temblar. Lo peor que puede pasar por la red de neuronas de un gobernante es el deseo de cambiar las costumbres o, aún peor los principios, de los ciudadanos. La vida nos ha demostrado que ser elegido por una mayoría de los votantes, no garantiza la bondad, ni la honradez, ni la inteligencia del elegido. Sale el que sale. El que mejor sabe presentarse, como la publicidad de un producto; el que se apoya en un partido más fuerte, o el que presenta sus planes con más habilidad, o el que engaña mejor en sus proyectos, para después cumplir solo los que le vienen bien sobre la marcha.
La democracia es el más justo de los sistemas de gobierno porque protege el derecho a equivocarse de cada ciudadano, según sus ideas y su manera de ver lo que conviene a un país. Por ello resulta un arma peligrosa en manos de los que aspiran a un gobierno totalitario. Empiezan presentando proyectos de libertad y justicia que jamás cumplen, bajo el envoltorio de bondad desinteresada. Después comienza el cambio del lenguaje con un intento de ajustarlo con diferentes razones de nacionalismo, igualdad o justicia; más tarde se cambian los planes de estudio de los niños y adolescentes vendiéndoles la envenenada píldora de libertad frente a sus anticuados padres. Por último se interviene en las costumbres del pueblo: sexualidad, tradiciones, moral, cultura y creencia religiosa. Devoran las libertades individuales. Cuando el pueblo se da cuenta de que no venían a mejorar tu vida sino la suya, ya es tarde.
Y lo publico hoy porque la fecha de los Santos Inocentes hace muy oportuno este comentario, que llevaba varios días escrito. Después de votar a uno de estos candidatos prometedores de cambios hacia la felicidad de los ciudadanos, muchos se dan cuenta de que todo ha sido una bien preparada inocentada.