No se puede criticar, hablar, escribir sintiéndose por encima de los demás. Eso está muy feo. Pero ¿qué haremos, para conservar la cordura, el buen juicio, el equilibrio? ¿Cómo evitar que te absorban y devoren? ¿Cómo sobrevolar ecuánimes un mundo así? ASÍ quiere decir desbaratado, desordenado, disparatado, incongruente. Toda persona tiene el derecho y el deber de crítica a la sociedad a la que pertenece y al gobierno que le sirve (o debería servirle) y administra sus impuestos. En la era del algoritmo me siento zarandeada, parece que estemos gobernados por los giros de una descentrada ruleta.
Yo no pertenezco al grupo de los conspiranóicos, que creen en proyectos de destrucción diseñados en las secretas reuniones nocturnas de los grandes adinerados, poderosos, y ven en cada acontecimiento, o en la pandemia, su siniestra intervención. No. Sé que hay quienes cavilan para imponer nuevos destinos a este mundo. Son los mismos de siempre, y sabemos qué quieren: dinero y poder para imponer sus planes. Ya conocemos aquellas ensoñaciones de implantar nuevos y maravillosos sistemas, que acabaron llevando al mundo a la degradación y a la muerte. Algunos de ellos han llegado a sobrevivir, están aquí a plena luz, con nuevo maquillaje a la vista de todos, y aún trabajan eficazmente.
El mal es muy artero, su más útil aliado fue entonces, y es hoy, la necedad. La necedad viste distintas túnicas, pero está siempre interceptando los caminos. La necedad es ingenua, desmemoriada; el arbusto mas cercano le oculta la montaña y el brillo de lo que ve y oye la adormece y empereza para el análisis o el raciocinio. Al público necio le subyugan las mentiras nuevas y vistosas, porque rompen la rutina, y engulle el bocado sin previo trabajo de masticarlo. El éxito es conseguir, ya dijo Göebels, repetir la mentira hasta hacerla habitual, familiar.
Paradójicamente la necedad convive con la cultura, los títulos académicos, las letras, la ciencia y la técnica. Los millones de manos alemanas levantadas en los bien organizados actos nazis, pertenecían a ciudadanos cultos, pero necios. Bastaron muy poco años para que se dejaran entusiasmar, embaucar. Nos preguntamos ¿Cómo fue posible? Aquellas puestas en escena de los malvados totalitarios, fueron espectaculares, fulgurantes, agitados por el balanceo de sus banderas, excitados por los himnos y el trepidar del paso acompasado de las botas. Y les prometieron un MÁS pertenecer al país MÁS poderoso del mundo.
La gran madre y maestra de lo que he llamado aquí NECEDAD es la vanidad humana, ese empeño ridículo de ser más o al menos pertenecer a un grupo de los más. Es perdonable en el joven: acaba de llegar y tiene que formarse una opinión antes de haber probado el guiso, sin seguridad sobre los condimentos y, como es lógico, deslumbrado por el envoltorio. Ya le pasaba con los regalos de Navidad, todos los proyectos vistosos le atraen. Hoy ha cambiado la forma de llegada a la vista y a la información, les deslumbran con otro fulgor. El joven vive en y por las redes sociales. Todo lo recibe a través del móvil y su deseo de más está ligado a él: más número de seguidores, ser un "youtuber", conseguir ser "trending topic", más "me gustas," el equipo de fútbol con más copas, las marcas "Mas" de moto o coche, en la ropa, más descaro en Instagram, más ligues en la agenda y más atrevidos selfies al borde del acantilado...
(Continuará) Veremos las mentiras impuestas como verdades en la sociedad de hoy, que provocan una censura solapada. Son barbaridades enormes, algunas repugnan a la moral, otras ajenas a la responsabilidad, que es la gran cualidad para merecer llamarse persona; pero ya se han instalado como verdades irrefutables. Los necios las han deglutido sin quitar siquiera el envoltorio de colores, y las saborean sintiéndose verdaderamente modernos, cultos, civilizados.