jueves, 14 de noviembre de 2019



NO HABLARÉ DE POLÏTICA

Ha habido elecciones y el resultado es indicador de una sociedad variopinta y desnortada. Una equivocada coalición con un partido de tendencia comunista no augura nada bueno. Ningún candidato era carismático ni entusiasmador de las masas. Cunde el desencanto. Todos los programas intentaron demostrar que son los más buenos y desde luego políticamente correctos. Pero ante los diarios problemas que surgen en la gobernación de un estado, después se transparentan sus incapacidades y quedan al descubierto las falsedades de sus promesas electorales.  Pero no voy a hablar de política.
Me preocupa mucho más que  el pocas veces limpio juego político, el problema de la  descristianización de Europa. Las gentes por educación y tradición cultural siguen por una  especie de inercia inconsciente teniendo en el fondo unos valores cristianos. Pero no durarán mucho.  Con la vertiginosa imposición en nuestras vida de las facilidades  que proporciona la informática, el automóvil, cada día mejor dotado, los transportes que acercan todos los rincones del mundo, los espectaculares avances de la medicina, ¿por qué plantearse la necesidad de un Salvador?. Sin embargo  la naturaleza, que muchos están dispuestos a adoptar como sustituta de la religión, se muestra como una cruel madrastra con inundaciones, huracanes, terremotos y demuestra al ser humano sus muchas debilidades y carencias.   La vida  se cobra con los años todas las seguridades, prepotencias y vanidades  que nos  inflan como globos en los años de fortaleza física y mental. Es necesario visitar los centros y residencias  de ancianos los hospitales y descubrir ese submundo que la sociedad intenta ocultar o suprimir con la eutanasia porque nos deja desolados ante la  descarnada evidencia  de la decadencia.