EL CARDIÓLOGO
Mi abuelo Julián era médico, de pueblo, de los que saben de todo, de los vocacionales, de los que acaban queriendo a sus pacientes como si fueran de su familia. Apenas lo conocí, pero mi madre (su nuera) decía que era simpático y zumbón con los pacientes, su sentido del humor le servía para quitar el miedo a la muerte y para dar esperanzas de vida.
Tenía varios perros porque adoraba a los animales con esa extraña contradicción de los aficionados a la caza. Al principio iba a caballo a sus visitas a cualquier hora intempestiva, con el "amable" clima de Burgos y su provincia. Después tuvo un cochecito y llevaba el volante su hija Mili, una de las primeras mujeres de España que tuvo carnet de conducir.
Mi abuelo escribía buena poesía y en sus últimos tiempos, ya presidente del colegio de médicos de Burgos, aparecían sus artículos en periódicos y revistas. Me gusta pensar que yo heredé mucho de él: la admiración por la medicina, el sentido del humor, mi afición a escribir, el amor a los perros...
Tenía varios perros porque adoraba a los animales con esa extraña contradicción de los aficionados a la caza. Al principio iba a caballo a sus visitas a cualquier hora intempestiva, con el "amable" clima de Burgos y su provincia. Después tuvo un cochecito y llevaba el volante su hija Mili, una de las primeras mujeres de España que tuvo carnet de conducir.
Mi abuelo escribía buena poesía y en sus últimos tiempos, ya presidente del colegio de médicos de Burgos, aparecían sus artículos en periódicos y revistas. Me gusta pensar que yo heredé mucho de él: la admiración por la medicina, el sentido del humor, mi afición a escribir, el amor a los perros...
Pero todo esto ha venido a mi memoria porque hoy he ido al médico: al cardiólogo. Es un joven meticuloso, puntualísimo, maniático del dato, escrupuloso en la exploración, acertado en el diagnóstico; y antipático siempre. Nada le importa del ser humano que tiene delante y lo dice bruscamente: "Eso no viene al caso, no me interesa." Te da a entender con displicencia que lo que preguntas o insinuas es inadecuado para el tema único que le preocupa: el corazón. Y sabe mucho, porque lo estudió en los Estados Unidos, de FEVI CF II NYHA; I CCS...y más.
Pero le es lo mismo que el paciente que tiene delante sea picapedrero, o metafísico, que tenga seis hijos mal alimentados, un ser querido muriéndose, o que esté divorciándose. Si algún dolorido paciente se atreviera a comentárselo, lo mandaría al psiquiatra con tono desabrido. Desabrido dice la RAE en segunda acepción: Áspero, desapacible en el trato. Ningún adjetivo cuadra mejor a este aplicado especialista del corazón.
A él se le nota que le gusta mucho el corazón; está fascinado por esta máquina de músculo, incansable trabajadora, metódica, con su ritmo y sus impulsos de entrada y salida del flujo sanguíneo; le gusta tanto que es probable que lamente verlo metido en una persona.
He tenido varias enfermedades serias; he estado nueve meses en un sanatorio, cinco veces en quirófano, en la UCI y en la UVI, me he sometido a colonoscopias, ecografías, tacs y otras variopintas pruebas, pero nunca he ido con tantos nervios como a la revisión rutinaria de este cardiólogo. Mi preocupación es el miedo a meter la pata y que me suelte una regañina como si fuera su alumna de diez años. La tensión se dispara." El síndrome de la bata blanca" dice. Siempre se encuentra un corazón un poco acelerado y me manda hipotensores y pruebas.
Él no lo sabe, pero si un día escuchase relajado mis desacertadas preguntas, hiciera una broma por mis equivocados síntomas, y mis muy idiotas suposiciones, la tensión bajaría a 9 de máxima.
Él no lo sabe, pero si un día escuchase relajado mis desacertadas preguntas, hiciera una broma por mis equivocados síntomas, y mis muy idiotas suposiciones, la tensión bajaría a 9 de máxima.
Resulta chocante que, siendo cardiólogo, olvide en casa la cordialidad.