jueves, 17 de enero de 2019
EL BREXIT
Siempre intento no hablar de política y no porque no entienda, nada es más propio de los ciudadanos que opinar de política sin entender demasiado, sino porque me enfrenta con mi incapacidad para solucionar los problemas que los políticos ineptos nos crean. En este caso me embarco aún consciente de que a los británicos no es fácil comprenderlos. Nunca he vivido allí un tiempo ni he tenido trato personal con ellos, pero juzgando su historia por encima y sus relaciones con el resto de los países del mundo, se descubre una marcada intención de llevarse mal con todos. Desde su imperialismo visceral y una prepotente postura de superioridad, juzgan al resto de los humanos afianzados en la frase de lord Palmerston, dos veces primer ministro a mediados del siglo XIX: " Inglaterra no tiene amigos ni enemigos sino intereses."
A lo que han llegado, tras la torpeza del muy necio míster Cameron de proponer un referendo para picar a los más nacionalistas y cazurros británicos a sentirse grandes y distintos, como en su época de esplendor imperialista, es a una desconexión entre sus propios países y una muy difícil papeleta que resolver con el resto de Europa, a la cual, quieran o no quieran, tienen que pertenecer para sobrevivir. A consecuencias de ello el reino desunido de la Gran Bretaña anda dando rugidos para que nos creamos que sigue siendo aquel viejo león, hoy desdentado y raído.
Esta situación daña a España económicamente; ya que tienen aquí su residencia más de trescientos mil británicos y vienen en gran número como veraneantes y turistas y más de doscientos mil españoles estudian y trabajan en el RU.
De ello sacamos la lección de lo peligroso que resulta, en determinados momentos, convocar referendos. Al pueblo hay que preguntarle cuando está desactivado, en cuestiones no polémicas ni engarzadas a los nacionalismos o sentimientos viscerales (tomemos nota con nuestro problema del separatismo catalán), porque, con todos mis respetos a la democracia, que da indudables buenos resultados en el gobierno de los pueblos, la masa encabritada por la controversia es peligrosa enemiga de la razón y el buen juicio.
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