martes, 20 de noviembre de 2018

Esa sociedad perfecta

ESA SOCIEDAD PERFECTA

Imaginar es fácil,  después se cumple con dificultad lo imaginado. Habría que ver el primer boceto del arquitecto y cómo, por escasez de  presupuesto, dificultades para la adquisición del material,
 o exigencias del dueño, ha tenido que reducir y cambiar su diseño.
Es fácil soñar con una sociedad donde el ciudadano se sienta libre, con las necesidades más elementales cubiertas, una medicina asequible,  igualdad de posibilidades para el estudio y el trabajo, un fácil nivel de acceso al arte y la cultura, una amplia oferta de ocio...y cada uno añadirá a la lista unos extras para él importantes.
 Supuestamente todos los políticos quieren algo así, solo supuestamente, porque para ocho años que voy a estar no es lógico gastar demasiados recursos y esfuerzos y después se vanagloríe de los éxitos logrados el  partido que  me suceda en el cargo. Lo importante es el poder y esos pilares ideológicos que lo sostienen. Se trata  de hacer espectaculares ofertas económicas con cierto baño de justicia social, que,  como la cubierta de chocolate de la tarta, proporcionen un aumento de votos para mantener al partido en el poder. Hay que evitar los pactos,  porque  exigen tomar caminos que no gusten a los supuestos votantes. Es toda una labor de ingeniería.
Me acuso de una total desconfianza hacia los políticos. Ya, ya sé que hay de todo, estadísticamente, es seguro que habrá personas desinteresadas, generosas, solidarias,  bondadosas, pero el corsé del partido no las dejará libres.
 Los intereses de los partidos no coinciden con los del ciudadano nada más que en un punto, al que se aferran para hacer las campañas publicitarias y al que dedican sus discursos mitineros, pero nada más. El líder, si para nuestra suerte tiene un cerebro bien amueblado, que ya es mucho pedir, facilidad oratoria,  y  posee además cierto carisma, se mete a la gente en el bolsillo,  después llega el  aparato del partido y baila izquierda, derecha, delante, detrás, un, dos, tres, según exija el día a día. El líder brillante obligado a ir y venir se queda  en el escaparate ajado.