sábado, 8 de septiembre de 2018

CHAVALES

Los niños y adolescentes comienzan en estos días el curso escolar, y me gustaría denunciar una manía que detecto en el lenguaje de los  locutores de radio y televisión: el término chaval, chavales. Se repite obsesivamente,  son llamados chavales tanto  un joven de 25 años, un niño de cinco o  un chico adolescente.  Y esta vez extrañamente no añaden y chavalas. Hablando de la entrada en el colegio tenemos además de la palabra muchacho, que está un tanto anticuada,  chico, niño, chiquillo, escolar, alumno, adolescente. El diccionario dice: chaval.- popularmente- niño,  joven y como sinónimos chavea, rapaz, rapazuelo, mozo;  la riqueza del lenguaje exige usar uno de los numerosos sinónimos según lo requiera la noticia y la situación.
 Por el afán de hablar como en la calle, se cae en lo chabacano,  lo populachero invade los medios de comunicación,  con sus tacos,  y ordinarieces, que evidencia la falta de refinamiento y buena educación del comunicador. En los programas serios de radio nacional, donde se  supone que  debe cuidarse especialmente el lenguaje, algunos se despiden habitualmenmte  con un "ciao",  una graciosa palabra  italiana, extranjera al fin y al cabo, que queda muy bien familiarmente, pero solo sería admisible alguna vez en un espacio de tono informal, en   broma o en conversación con un italiano. Supongo que lo han elegido   para evitar decir adios, porque su cerril increencia no se lo permite, aunque existen muchas frases de despedida sin la referencia a Dios.  No les oigo evitar decir ojalá, (oj a Alá) que, aunque ellos no lo sepan, significa "Dios lo  quiera".
La seriedad y la corrección son ahora sinónimos de cursilería y anticuada rigidez.                               El oyente o espectador debe recibir el ejemplo de un lenguaje correcto en los locutores, periodistas y presentadores, que ellos irá suavizando y distendiendo a su gusto, según las situaciones. Nada muestra tranto la procedencia familiar y cultural del hablante como sus modismos y expresiones que aparecen también, logicamente, en los procedentes de zonas con un lenguaje o dialecto, irregularidades de sintaxis o defectos de pronunciación, debidas a la trasmisión de la lengua materna.
Lo peor de los medios de comunicación es que trasmiten a la audencia los defectos, y se extienden numerosas incorrecciones que una vez en boca del pueblo son imposibles de erradicar.                       El pueblo es el dueño del lenguaje y puede cada uno usarlo como desee, pero los profesionales de la palabra, los locutores y periodistas, están obligados a la corrección.