"YO NO SOY CREYENTE"
Tanto en la radio como en la televisión es muy repetida esta frase en debates científicos o en comentarios sobre diversos temas sociales, en los que aparece de refilón o abiertamente el problema de la existencia de Dios. Se dice incluso mientras se aprueban unas palabras del papa, se apoyan posturas de la Iglesia o comportamientos de los cristianos, como para vacunarse de la gravísima enfermedad de pertenecer al grupo de los que creen. No vaya a ser que los oyentes les confundan y queden calificados de irracionales adoctrinados, enemigos de la ciencia, y queden etiquetados de carcas y reaccionarios. Porque creer no es hoy políticamente correcto.
Todas las personas somos creyentes. Muchas veces creemos en teorías poco demostradas, y ponemos nuestra fe en personajes desconocidos, de cuya profesionalidad y honradez no tenemos seguridad.
A diario confiamos en las palabras de otros sin haber analizado su veracidad y, como no tenemos conocimientos suficientes de todas las ciencias y técnicas, nos fiamos de las noticias, la publicidad o de lo que nos recomiendan las personas de nuestro entorno.
Achacan a los creyentes la falta de comprobación de la existencia de un Dios creador o de una vida después de la muerte. Pero se tragan las conclusiones de unos investigadores que en tantas ocasiones han quedado invalidadas al cabo de unos años o confian en los manipuladores que lanzan a la red teorías de todo tipo sobre la salud la psicología o la educación, por los intereses económicos de grandes empresas.
El astrofísico que conoce algo del firmamento inabarcable, y sabe que está recibiendo en sus potentes telescopios la luz de estrellas que murieron hace millones de años, debería ser el más humilde y declarar su incapacidad para resolver los problemas de la creación del universo. Mal científico e investigador el que no reconoce nuestra pequeñez e incapacidad, ante la inmensidad del misterio que nos envuelve, presente allá donde pongamos la vista: cielo, tierra o mar.