NO HAY QUE DEJARSE AMAESTRAR
"Una de las cosas mejores de esta sociedad es que por fin cada cual puede expresar lo que piensa y cree, lo que considera mejor según su jerarquía de valores. Ya no hay nada que reprima ideas y sentimientos" . Aparentemente, pero ¿es verdad esto? No. En la realidad el que se expresa publicamenete de una manera politicamente incorrecta es etiquetado y descalificado con una intolerancia talibánica, casi religiosa; porque hay cosas que hoy no se pueden decir y muchas personas que las piensan las callan.
Pero hay veces que la conciencia choca con el pensamiento establecido totalitariamente, sí, la palabra es dura pero todos los que aspiran a llegar a cualquier tipo de poder, tienen como fin primero imponernos sus ideas. Hay una tendencia totalitaria, en todos los partidos, aunque los políticos sensatos la repriman.
Hoy se extiende una intención facilmente reconocible de cambiar el lenguaje. El lenguaje cambia cuando está vivo. Esta vez el cambio se oye en la calle, pero no ha sido la calle la que lo ha iniciado, desde los medios de comunicación se va inoculando una nueva forma de hablar olvidando que solo pueden hacerlo sus dueños: los hablantes de una lengua, que la usan según la tradición, el lugar de procedencia o la formación académica, y los lingüistas, que tienen el deber de definir desde un plano profesional su calidad y su corrección.
Los tontos femeninos tan en boga, que no logran con su imposición ni una sola ventaja laboral ni privilegio social a la mujer; el mas necio aún palabro de "género" para referirse al sexo, no sé si por un pudor más propio de las monjas ursulinas; el incorrecto escuchar por oír que empobrece el español; y otras muchas barbaridades, hacen insoportable la audiencia de las emisoras estatales.
El oyente y televidente se contagia con facilidad, sobre todo cuando posee un bajo nivel cultural y de expresión, porque piensa con cierta lógica, que el periodista de turno habla mejor que él, pero, aunque así debería ser, se equivoca. Esos modos de hablar están diseñados por movimientos políticos y sociales, que tienen interés en imponernos un lenguaje, como entrada a su aviesa intención totalitaria de cambiar las ideas e instaurar nuevas formas de vida y costumbres en la sociedad.
No hay que dejarse amaestrar por los medios de comunicación, nuestra forma de hablar es la expresión de nuestro pensamiento y debemos ser rebeldes ante estas imposiciones, para que no logren, poco a poco, disolver nuuestra identidad.